El viejo y Míster Smith (fragmento)Peter Ustinov

El viejo y Míster Smith (fragmento)

"Míster Smith estaba satisfecho con lo conseguido; pero de nuevo, cuando tanto había logrado, volvía a preocuparle la ausencia del Viejo. El Concorde iba a salir antes de una hora. Tenían pasaportes y tarjetas de embarque, pero no equipaje, por el momento, ni fotos para el pasaporte, y sobre todo, faltaba el otro viajero. Miró en todos los locales del vestíbulo, pero no encontró ni el menor indicio de su compañero. Después, en una sala dedicada a varias aerolíneas menores, reparó de pronto en un fotomatón con la cortina echada y gente impaciente alrededor. Un extraño instinto le hizo ir hacia la pequeña cabina. —¿Cuánto tiempo piensa seguir ahí dentro? —gritó una mujer. Las reacciones de la gente tenían la urgencia sombría de quienes esperan a que queden libres unos servicios de lo más necesarios. Los ojos de míster Smith se posaron en la bandeja de metal en la que eran escupidas las fotos de vez en cuando. Una nueva serie de cuatro siguió a las veinte o más que ya había. Eran todas del Viejo, y expresaban las múltiples variedades de la emoción con la severidad de las ilustraciones de un libro Victoriano de técnica de la interpretación. La Avaricia, la Codicia, la Vanagloria, la Obstinación, estaban representadas por otras tantas muecas, eso sin hablar del Terror, el Asombro, la Inocencia y el Orgullo. —¿Qué haces ahí dentro? La voz de míster Smith crepitó, llena de recelo. Al instante se descorrió la cortina y el Viejo le miró con auténtico placer. —¡Ah, por fin estás ahí! —¿Por fin? —Llevo horas aquí. Pero me temo que fue que este nuevo chisme me fascinó. La pequeña multitud inició el avance, pero míster Smith se coló dentro del cubículo con un aparte confidencial, algo sobre un peligroso loco homicida, y un murmullo sobre que era su guardián, dispuesto a volver a capturarlo después de una escapada. —¿No habrá amenazado a ninguno de ustedes, verdad? Los que esperaban se sintieron halagados por la confidencia, y negaron que hubiese habido amenazas, aunque dos o tres empezaron a aludir a las sospechas que habían tenido durante todo el tiempo. Míster Smith les dijo por lo bajo que él se ocuparía de aquello y desapareció dentro del cubículo, ni remotamente calculado para dos personas. —¿Qué les has dicho? —preguntó afectuosamente el Viejo. Míster Smith se sentó en sus rodillas. —Que eras un maníaco homicida. —¿Cómo? —El Viejo parecía escandalizado—. ¿Y te creyeron? —Es evidente; de lo contrario no me hubiesen dejado entrar. Pero escucha con atención. No tenemos ni un momento que perder. Has hecho unas veinte fotografías tuyas; ahora me toca a mí. Las necesitamos para nuestros pasaportes, ¿comprendes? —¿Nuestros qué? —No importa. Vas a tener que confiar en mí, ya que estás decidido a que nos vayamos sin echar mano de la magia. —¿Cómo puedo confiar en alguien que hace correr rumores de que soy peligroso? —Dame una moneda. —He utilizado todo lo suelto que tenía. —Hay que ver lo egoísta que puede llegar a ser una persona... —Yo no soy una persona. "


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