Caravanas (fragmento)James A. Michener

Caravanas (fragmento)

"Antes de que la señorita Maxwell se alejara en el jeep, la felicité por la sangre fría y valor que acababa de mostrar. La gente de nuestro país hace siempre chistes sobre la «blandura» de los norteamericanos, pero me habría gustado que hubiesen visto a la señorita Maxwell aquel día de marzo, en una de las calles de Kabul.
Cuando se fue, me encaminé al bazar: una verdadera maraña de angostas y retorcidas callejas, en el barrio más populoso de Kabul, donde se vendían todos los objetos y artículos imaginables, producto de robos en los depósitos de Delhi, Ispahán y Samarcanda. Me causó un perverso placer la seguridad de que la nueva India, la antigua Persia y la revolucionaria Rusia comunista se veían también impotentes para acabar con los ladrones hereditarios de Asia Central. Cuando Darío, el rey persa, pasó por Kabul quinientos años antes de Jesucristo, ese mismo bazar en el que me hallaba yo ahora vendía ya prácticamente las mismas mercancías robadas en las mismas ciudades antiguas.
Había, como es natural, algunos detalles que revelaban un progreso moderno. Existía una buena provisión de hojitas de afeitar norteamericanas, e instrumentos de cirugía de Gotinga, Alemania. Un comerciante emprendedor vendía ya penicilina y aspirina, mientras que otro había importado, de un depósito literalmente saqueado en Bombay, latas de conserva y pistones para automóviles norteamericanos, de los cuales había ya algunos en las calles de tierra y baches de Kabul.
Pero eran los rostros los que me hacían pensar que me hallaba otra vez en los días de Alejandro Magno cuando Afganistán, por muy extraño que pareciera ahora, no era más que una distante satrapía de Atenas, una tierra de elevada cultura muchos años antes de que Inglaterra hubiera sido debidamente descubierta o que el continente americano estuviese civilizado. En aquellos rostros había un sentido de fuego en potencia, de casi maniática intensidad, y doquiera que dirigía mis ojos veía las misteriosas formas de mujeres, enteramente cubiertas por aquellos mantos casi transparentes, que les ocultaban hasta los ojos. Estaba observando el ir y venir de aquellas incitantes figuras y preguntándome, como era natural en un hombre joven, qué forma humana se encerraría bajo los mantos, cuando me di cuenta —no podría explicar cómo— de dos mujeres jóvenes que se movían con tentadora gracia. ¿Cómo supe que eran jóvenes? No podría decirlo. ¿Cómo supe que eran hermosas, que estaban ansiosas de deseo sexual y que eran alegres y vivaces? No lo sé. Pero sí sé que aquellas criaturas, fuera cual fuere su edad y su aspecto, eran positivamente incitantes por el misterio que las rodeaba.
Una de ellas iba cubierta por un costoso chaderi fruncido, de seda color cervatillo; la otra vestía de gris. En el primer momento creí que trataban de atraerme, por lo cual, cuando pasaron junto a mí, les susurré en pashto:
—Tened cuidado, nenitas, que los mullahs están espiando.
Se detuvieron asombradas, y en seguida se volvieron para mirar hacia la mezquita, donde se hallaban los tres sacerdotes... Luego rieron musicalmente y apresuraron el paso. Cuando me volví para mirarlas, descubrí que calzaban las botas norteamericanas llamadas saddleshoes. Las dos jóvenes tenían que ser las mismas de quienes se había informado que se citaban en el bazar con los dos guardias de la Embajada, y por el recuerdo que tenía de la manera en que los dos infantes de marina habían salido de los terrenos de la Embajada, y la picaresca actitud de las dos tapadas, sospeché que algo curioso ocurría entre ellos y ellas y que el inminente encuentro entre los cuatro jóvenes podría muy bien terminar en tragedia. Por tanto, seguí a las dos mujeres y maldije a Nur Muhammad por no hallarse a mano para ayudarme. Las muchachas no caminaban muy de prisa, y de cuando en cuando me era posible verlas entre la gente: dos delicadas figuras envueltas de pies a cabeza en costosas sedas, exquisitas en todos sus movimientos y calzadas con saddleshoes norteamericanos. De inmediato, las dos gráciles figuras se convirtieron en la personificación del deseo sexual: atractivas, peligrosas, evanescentes, mientras caminaban moviéndose con deliciosa gracia por el bazar, mirando, esperando.
Las seguí a los semioscuros callejones en los cuales se vendían los gorros de caracul, aquellos plateados gorros que daban a los hombres afganos un aspecto tan apuesto y que en los extranjeros parecían tan ridículos. "



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