Un largo silencio (fragmento)Ángeles Caso

Un largo silencio (fragmento)

"El campo se ondula en la lejanía, formando pequeñas colinas sobre las que se alzan casas silenciosas y cuadras calientes. Hacia el otro lado, los prados bajan suavemente hasta los acantilados y parecen flotar sobre el océano. Dos grandes cedros recios se levantan al lado de una casona antigua. A su alrededor, las hojas de los plátanos y los olmos van enrojeciéndose. A veces caen despacio, y flotan durante un rato en el aire hasta depositarse con infinito cuidado en el suelo. Unas palomas zurean en algún sitio, y algunos caballos pastan tranquilos junto a un muro y levantan la vista a su paso para contemplarla. Cada una de aquellas cosas parece ocupar serenamente su lugar en el mundo. Están allí, seguras de lo que son. Cumplen su cometido lado a lado, pues ninguna de ellas existiría sin la presencia de las otras. Árbol, casa, nube, agua, tierra leve, vida leve. Quizá sea cierto que la vida puede ser así, apacible, sin luchas ni miedo. Quizá. Irá a ver a Alfonso. Irá a comprobar que se está muriendo, que sus puños y su pistola y su sexo van a dejarla definitivamente en paz.
Entrará en la habitación con la rara sensación de ser protagonista de una ceremonia. Huele a muerte, pero eso no la conmueve. Se acercará a la cama y se quedará de pie junto a él, mirándolo sin verlo. NO lo hará porque tiene miedo de sí misma, de su felicidad. Él, en cambio, la contemplará largo rato antes de hablarle:
-Sigues estando muy guapa. Veo que las cosas no te han ido mal.
-Así es.
-¿Cómo está la niña?
-Bien. Muy bien.
-¿Se parece a ti?
-Eso dicen.
-¿Querrás traérmela?
-No.
-Ya. Todavía no me has perdonado, ¿eh?
Alegría luchará consigo misma. Estará a punto de decirle que no, que jamás lo perdonará, que aunque viviese mil años nunca podría perdonarle todo el daño, toda la pena, todo el asco, toda la humillación, todo el desprecio que le hizo sentir de sí misma ni tampoco aquella vida de mujer sola que no fue capaz de volver a mirar a un hombre a los ojos, pero que, por encima de todas las cosas, no puede ni quiere ni debe perdonarle la muerte de las gemelas. Sin embargo, un último ramalazo de piedad la hará contenerse.
-Sí, te he perdonado -le dirá-. Puedes morir en paz. "



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