Fronteras de arena (fragmento)Susana Fortes

Fronteras de arena (fragmento)

"Escucha inmóvil el clip de un interruptor y observa el nacimiento de una tenue rendija de luz amarilla bajo la puerta. En su mente empiezan a encajar algunas piezas. Frunce el ceño comprensivamente, aguza el oído y concentra al máximo la atención, como si quisiera detectar todos los movimientos que no alcanza a ver desde donde se encuentra. Después oye los pasos del capitán Ramírez, atravesando el despacho y alejándose hacia la salida. Cuando por fin percibe el golpe de la puerta al cerrarse, respira a fondo y afloja el cuerpo, pero espera todavía unos segundos antes de salir de su escondrijo. La estancia está sumida en sombras, con la escasa claridad intermitente que entra por la ventana procedente de los reflectores de las garitas de vigilancia, ráfagas anaranjadas que barren el despacho, manchando en diagonal el gris hosco de las baldosas. Saca del bolsillo del pantalón un encendedor de níquel y pasea la llama por encima de la superficie del escritorio, pero no observa nada que llame especialmente su atención: cuartillas con el membrete del cuerpo artillería, el vade de cuero repujado, un tintero y dos estilográficas, algunos albaranes procedentes de la cantina, un manual de prácticas de tiro... Mira malhumorado los cajones archivadores que están cerrados con llave y se pasa las manos por las sienes, tratando de pensar deprisa. La guarnición está a varios kilómetros de Tánger, en la misma frontera del protectorado español. No tiene tiempo para contar con Ismail y sabe que si acude él en persona a la Haffa, Ramírez lo reconocería al primer golpe de vista. De pronto la chispa de una idea que se le acaba de ocurrir ilumina su mirada.
El recorrido hasta la ciudad lo hace a caballo, atajando por la vertiente de la colina que suelen utilizar los cabreros cuando acuden al zoco de ganado. A su paso siente un intenso hedor de estiércol entre la sequedad de los rastrojos. Le parece oír, por debajo del retumbar del galope, el canto de una cigarra que se prolonga hacia atrás interminablemente como la nube de tierra que deja a su espalda. La oscuridad contribuye a aumentar su estado de excitación. Poco después se encuentra ya en Tánger, en el interior de un taxi, vestido con una amplia chilaba de rayas que deja ver el fondo de sus pantalones y los zapatos. El conductor se dirige hacia el oeste a través de una larga avenida con árboles, entre cuyas hojas brillan pequeñas esquirlas de plata. La luz directa de los faros, el ronroneo del motor, la calle esquinada hacia la noche... Garcés trata de poner en orden sus pensamientos. Los informes sobre rumores golpistas vinculan la conspiración a los nombres del exiliado Sanjurjo y de Goded, este último en calidad de «jefe del Ejército español», pero a él no acaba de encajarle esto con la intensa actividad en el norte de África, porque tanto Sanjurjo como Goded están en la Península. Se llena la boca con aire, inflando los carrillos, y después deja salir el aire de golpe, con una mueca de perplejidad. Trata de recordar todos los nombres de los destacamentos enumerados por Kerrigan que reciben el boletín de la Entente, pero en ninguno de ellos logra identificar a ningún militar con suficiente carisma para encabezar un movimiento de gran alcance. Suspira de nuevo con resignación, y piensa que en cualquier caso una de las incógnitas no tardará mucho en despejarse. El taxi avanza ahora por un camino de tierra, flanqueado a ambos lados por cabañas construidas con tablones de madera, el último arrabal que enhebra el hilo de la calle. Poco a poco van desapareciendo hacia el fondo las casas blancas arracimadas sobre la kasbah, el pavimento se hace cada vez más irregular, surcado por profundas hondonadas que le obligan a bambolearse constantemente hacia los lados. El cielo filtra una débil claridad a través de las ventanillas sucias, que se expande como un manto azuleando los bordes de la ciudad. "



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