El río de la luz (fragmento)Javier Reverte

El río de la luz (fragmento)

"El retrato reposa enmarcado en una estantería de mi cuarto de trabajo.
El atardecer merecía una despedida portentosa: yo me quedaba en Dawson los siguientes dos días, antes de seguir el viaje a Alaska, mientras que los otros cinco regresaban a Vancouver, vía Whitehorse, y finalmente a España. De modo que nos fuimos al Diamond Tooth Gertie's, un local que es una suerte de saloon para turistas, en el que se rememora la atmósfera de los días del Gold Rush, con largo mostrador para bebidas alcohólicas, un pianista que toca viejos temas de la frontera, un grupo de bailarinas que, en un alto estrado, bailan el can-can, máquinas tragaperras y mesas de ruleta y de black-jack. El establecimiento es propiedad de la comunidad de Dawson City, que logra un buen dinero durante los meses de verano para mantener con vida a la ciudad y sus servicios durante los largos y duros días del invierno. Debe su nombre a una bailarina de la época de la fiebre del oro que se llamaba Gertie y lucía un diamante entre los dos dientes superiores.
Un centenar de turistas, llegados de Whitehorse en autocares, rugían ante las danzas provocativas de las dancing-girls, ametrallaban con los flashes de sus cámaras el escenario y hacían cola para fotografiarse con las danzarinas al final de cada número. Más tarde, el pianista tocó valses y bailé con Rosa un «Danubio Azul», si no recuerdo mal. Cuando las teclas del piano acometieron «Dixie», el himno de la Confederación en la guerra Norte-Sur de 1861-1865, algunos turistas texanos lanzaron grito de guerra de la caballería rebelde. Yo los imité.
Nos divertimos como turistas desaforados y sin complejos en aquella especie de Western's Tablao. Supongo que, si nos hubiera visto así alguna persona sensata, habría sentido cierta vergüenza ajena. A mí me hubiera dado lo mismo: venía de un largo y duro viaje y tenía ganas de hacer el ganso.
En cualquier caso, siempre he sido un partidario absoluto del viejo lema que dice: «A donde fueres, haz lo que vieres».
Aquella noche me despedí de los otros. Ellos se levantaban temprano y los adioses a los buenos amigos son más cálidos en noches de copas y de bailes que en mañanas legañosas.
La mañana siguiente alquilé un coche para visitar las zonas auríferas de antaño. Y, mientras recorría la pista a la vera del Klondike, contemplé el paisaje de un gran desastre. El río había sido, antes del rush, un cauce limpio y estrecho, famoso entre los indios por la cantidad de salmones que ascendían sus aguas para desovar. Pero los hombres blancos le arrancaron las entrañas para robarle las riquezas que albergaba. El tesoro de sus arenas puso las condiciones para su ruina.
El cauce se desviaba a menudo, aquí y allá se formaban estanques de agua pútrida y maloliente. En las riberas crecían enormes montañas de escombros, que parecían laderas cubiertas de una sucia lava surgida de una erupción de la tierra. Por todas partes había piedras extraídas del lecho del río, troncos arrancados, vagonetas oxidadas de los días del oro, viejas dragas desechadas por el paso del tiempo, árboles rotos. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com