Máscaras (fragmento)Leonardo Padura

Máscaras (fragmento)

"El Conde se miró en el espejo: de frente, directamente a los ojos, observó el ángulo esquivo de su perfil, y cuando terminó el examen debió aceptar: es verdad, tengo cara de policía. ¿Y qué voy a hacer con esta cara de policía si me sacan de la policía? Por lo pronto, no voy a afeitarla hoy, se dijo, y fue entonces cuando decidió llamar a Alberto Marqués y aceptar su invitación. ¿A las nueve? Está bien. En Prado y Malecón... Cuidado con la bala del cañonazo, príncipe...
Ahora, a las nueve y cuarto, el Conde ya había estado tres veces en cada una de las dos esquinas y la recta que conforman el cruce del Paseo del Prado y la avenida del Malecón, pues había cometido el error de no especificar con el Marqués el sitio exacto de la cita. Lo peor era que todo el tiempo había sentido cómo las manos se le humedecían, del mismo modo que solía sucederle cuando esperaba a una mujer de estreno. Esto es mariconería mía, se había acusado, pero ni la conciencia de arrastrar aquel cargo terrible mitigó la transpiración que no tenía siquiera la justificación del calor: del mar, a esa hora, salía una brisa leve pero suficiente, que refrescaba aquel viejísimo rincón de la ciudad y arrastraba con sus rachas intermitentes a ciertas mujeres con olor a puerto, brotadas, como mariposas turbias, de alguna flor de ciclo lunar y convocadas tal vez por la penumbra apenas inaugurada y siempre favorable a su oficio de tinieblas. El Conde comprendía que su ansiedad se debía a la incertidumbre: ¿a dónde iban a ir?, ¿qué cosas le propondría ver (o hacer) Alberto Marqués? Aunque estaba seguro de que el viejo dramaturgo no intentaría con él ningún cruce de espadas, el Conde había sentido un rubor tangible y consideró, antes de salir de su casa, que, si tenía cara de policía y hasta lo investigaban por ser policía, esa noche debía llevar su pistola de policía, cuyo peso frío sostuvo entre las manos por un minuto, antes de convencerse de que los riesgos de esa noche no se defendían con plomos y optó por abandonar el arma en la profundidad de su gaveta. Por pensar en la pistola, pensó de nuevo en su amigo, el capitán Jesús Contreras, el terrible Gordo, y la noticia que le había traído Manolo. Me cago en mi madre, se dijo, observando la planicie oscura del mar, inabarcable, como la felicidad o el miedo, pensaba el Conde, cuando oyó su voz. "



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