Fernando e Isabel (fragmento)Hermann Kesten

Fernando e Isabel (fragmento)

"Gonzalo e Isabel cabalgaban por las colinas boscosas de Linares. El sol atravesaba con fuerza la techumbre del follaje. Cuando llegaron al límite del bosque contemplaron los amplios y poderosos montes y las cimas nevadas, semejantes a nubes, la cinta plateada del Guadalquivir en la lejanía, el amplio valle ante ellos, con las hileras persistentes de olivos entre los viñedos. El aire relucía en su propio brillo con cien ojos solares. Desmontaron, dejaron pastar a los caballos y se tumbaron entre las flores, a la sombra de unos robles. El cielo despedía su fogoso azul en su infinita altura. Gonzalo yacía de espaldas, con la cabeza al lado de las rodillas de Isabel. Ella estaba sentada, respirando suavemente, y contempló el intrépido y bello rostro del amigo. Gonzalo la miraba desde abajo y sonreía. Sus ojos parpadearon ante el fuego doble de los dos cielos azules que tenía encima, la bóveda celeste y los ojos azules de Isabel. Cerró los ojos y cayó dormido.
Desde hacía meses recorrían incansablemente y omnipresentes toda Castilla. Isabel reclutaba caballería ligera en Andalucía, compraba jamón y corderos en Extremadura, peregrinaba a Santiago de Compostela, al final del mundo, instruía reclutas en Tordesillas, en las llanuras del Duero, predicaba en Madrigal de las Altas Torres, en la iglesia de San Pablo de Valladolid y desde las almenas de la vieja Puerta del Sol árabe de Toledo. Le daba igual que fuera de día o de noche, no le importaba el frío ni el calor, el hambre ni el sueño, ni los ladrones. El pueblo dijo: Isabel viaja sobre las alas de un ángel. Su piel se puso morena, su pecho se llenó, sus piernas se volvieron duras como el hierro y sus manos fuertes. Olía a caballo e incienso. Los campesinos la adoraban. Su rostro expresaba bondad, su figura majestad. Los caballeros y los monjes rodeaban a la joven reina como abejas.
Conmovida, Isabel contempló al muchacho durmiente y sintió una profunda melancolía. Como capas cayeron de ella: su increíble energía, que movía a centenares de personas de su entorno a acometer lo extraordinario como si fuera cosa de cada día; el milagroso y raro don de emocionar a los hombres para lo grande y lo bueno y de exigirles y recibir de ellos el máximo; su profunda religiosidad, cuyo reflejo lo iluminaba todo, que teñía de rojo el lejano cielo como el incendio cuyas llamas no se ven, aunque el olor se perciba a gran distancia; su genialidad, perceptible hasta en los gestos más sencillos y sus claras palabras; toda la suave aureola de majestad dulce e infantil que la rodeaba; todo eso cayó de ella como manto, armadura, vestido y camisa. Isabel se vio sentada con delicada y terrible desnudez junto al delicioso joven durmiente cuyos rizos caían sobre las rodillas de Isabel. Se sintió profundamente avergonzada y no encontró nada para tapar su desnudez. Entonces decidió ocultar su cuerpo ante el muchacho con grandes hechos, buenos hechos. Le pareció como si él fuera su juez. Por Dios, dijo con labios trémulos, tengo veinticinco años, soy la reina… ¿Qué he hecho? Detrás de los párpados cerrados de su jovencito leyó la noble exigencia. Isabel decidió que superaría los obstáculos. Con una delicada sonrisa, su mirada rozó los adornos de oro y piedras preciosas del vestido de su amigo. Si Gonzalo es vanidoso es sólo porque pretende que me guste. Se entregó a sueños más delicados. Era una pastora con falda corta, tenía dieciséis años; él era un pastor que lleva a su moza al límite del campo… ¿O era un cazador? Le trenzaba una corona con flores silvestres, se la colocaba en los rizos dorados, dejaba que descansara su cabeza en el regazo de ella, mientras él tocaba con su flauta aquellas melodías dulces y breves que invitan a bailar o llorar; canta ella las piadosas canciones del héroe que corta cabezas moras o de la muchacha que llora junto al riachuelo. "



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