Tantos años (fragmento)Erik Orsenna

Tantos años (fragmento)

"Así sonríen las reinas, pensó Gabriel. Formulan un deseo y aguardan sonriendo, seguras de que se cumplirá. ¿Puede tener un ser humano del sexo masculino algo más urgente que hacer que satisfacer a una reina?
Jean dirigió a Gabriel una mirada contrita, sí que se ha fastidiado nuestro reencuentro.
-¿Nos acompaña usted? El señor es un ex alumno de la facultad de ciencias.
Ella inclinó la cabeza y se echó a reír abiertamente.
-Es un honor.
En sus ojos negros brillaban pavesas doradas, bailaba una risa que nada apagaría jamás, ni la emoción, ni el placer, ni la adversidad. Gabriel se estremeció. Conocía mal a las mujeres, a excepción de la suya, pero ya se sabe que una esposa, no bien pronuncia el fatídico sí, abandona la especie de las mujeres para convertirse en un híbrido aparte. Total, que en cuarenta años de existencia no había conocido ni a reinas ni a mujeres risueñas. Pensó para sus adentros que convenía informarse cuanto antes. Sí, reanudaría las relaciones con su padre. Gabriel XI, el de la hevea, podría seguramente suministrarle indicaciones sobre aquella categoría especial, «la reina risueña», que parecía terrible. El conserje continuaba hablando de Nicéphore:
-Es peul, ¿entiende usted? Así que sus ideas sobre la zoología puede que no sean muy ortodoxas. . .
La perspectiva no asustó en lo más mínimo a la italo-rusa.
Ésta dejó sueltas a las dos fierecillas, que salieron corriendo hacia el zoo disecado.
-¿Y por qué no disfrutamos nosotros también de la filosofía peul? Esos relatos de los desiertos nos harán entrar en calor.
Y echó a andar a paso vivo tras sus hijos.
Un instante después, Gabriel hirió, tal vez de muerte, al amigo de los musgos. Decepcionado por numerosos aspectos de la vida, por el amor conyugal, por su profesión e incluso por el general De Gaulle (¡qué triste haberle visto nombrar primer ministro a Pompidou, aquel banquero gordo!), nuestro conserje se aferraba a dos o tres ideas, una de las cuales era la siguiente: la compañía de las plantas enseña al hombre la serenidad. Cuando vio que su visitante jardinero casi se desmayaba de desasosiego, cuando oyó que le temblaba la voz de excitación («Rápido, écheme una mano, ¿qué podemos hacer para que no se vaya esta maravilla? Bien habrá alguna cosa curiosa que podamos enseñarle. . .»), al pobre conserje se le fueron al traste todas las ilusiones que tenía puestas en los poderes apaciguantes de la botánica.
-Creo que tengo un sitio, completamente prohibido para el público, pero siendo usted. . .
-Gracias, muchas gracias.
Gabriel le estrujaba el brazo con las dos manos, de pronto poderosas como garras.
-La galería de las aves... Lleva cerrada años y años, por la luz, que ataca las plumas. Puede que le impresione el espectáculo. Eso sí, muy alegre no es.
-Gracias, muchas gracias. Me ha salvado usted la vida. "



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