Thomas Drimm. El fin del mundo cae en jueves (fragmento)Didier Van Cauwelaert

Thomas Drimm. El fin del mundo cae en jueves (fragmento)

"Muda de sorpresa, mi madre obedece el brutal gesto del médico que la invita a sentarse. Y le expone la situación, en una tensión extrema. Está perfecto: no olvida nada, es creíble y persuasivo. Lo adoro. Un oso chantajista es, a fin de cuentas, lo más práctico del mundo.
De hecho, el profesor Pictone está muy silencioso desde hace un rato. Me repito lo que me ha dicho esta mañana: «Comienzas a evolucionar, Thomas. Tu pensamiento es cada vez más claro. Pronto no vas a necesitarme.» El eco de estas palabras me llena de un orgullo que se transforma en nostalgia. De pronto, las cosas no van bien. Cuando veo qué estoy haciendo, ya no me reconozco. He madurado tan aprisa como me he derretido: moralmente, me cuesta seguir. De pronto, me gustaría mucho seguir siendo un niño. Cuando yo no tenía que tomar las cosas en mis manos, cuando mi papel apenas era el de escuchar a mi padre, que me contaba sus historias de civilizaciones desaparecidas… las guerras de religión, los debates políticos, los conflictos sociales, los Derechos del Hombre… Todos esos cuentos de hadas tan difíciles de tragar, pero que ponían esperanza, violencia y ensoñación en vez de la calma chicha que nos hace vivir en paz como troncos.
Me sobrepongo. Mientras el doctor Macrosi llena mi receta copiando las consignas que le he dado, observo las reacciones de mi madre. Para ella, todo va demasiado aprisa también. Su marido en la cárcel, su hijo que recupera en menos de una hora el peso normal: ya no tiene víctimas a mano, ya no tiene entuertos que deshacer para olvidar sus propias desgracias. Su rostro pasa sin detenerse de la sonrisa incrédula a la angustia razonada. El milagro no es tan sencillo de gestionar como los dramas. Le tomo la mano con una gran sonrisa. Soy el sostén de la familia, ahora. El calor de mi mirada hace brillar una lágrima en su ojo izquierdo.
—¿Algo más? —me suelta con frialdad el nutricionista, doblando y metiendo su receta en un sobre.
Afirmo con la cabeza, con una lentitud sádica. Peor para los pacientes que se amontonan en la sala de espera: he decidido prolongar la consulta hasta que llegue Brenda. Sin atender a los carraspeos de mi madre, hago que me extiendan una segunda receta con los alimentos que deseo comer, luego un certificado que da a la doctora Brenda Logan autorización médica para llevarme a donde quiera por razones de salud, con el permiso de utilizar gratuitamente, cuando lo desee, el abono de taxi a nombre de Macrosi. "



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