La hija del Gobernador (fragmento)Paule Constant

La hija del Gobernador (fragmento)

"Cristiana, que había caído en la cuenta de que el viaje iba a ser menos lúgubre de lo que prometía en un principio y de que el drama liberador había provocado un primer escándalo, no se despegaba de Brigitte, como quien no quiere la cosa; le seguía el aceitoso rastro, y suponía, en vista de que era cada vez más oscuro, que no tardaría en agotarse; tampoco perdía de vista al coronel de V., con la esperanza de que acabara por bajarse del todo los pantalones. El alcaide, dirigiéndose a su mujer, su interlocutora predilecta, su traductora universal, preguntó por qué se obstinaba su hija en admirar las payasadas de un coronel y las cochinadas de un caniche.
En la primera escala, es decir, en las primeras palmeras, cuando el azul se instaló en el cielo y el sol permaneció definitivamente colgado encima del barco, el alcaide, como era de esperar, se negó a bajar a tierra, so pretexto de que él no se había embarcado para andar dando paseos. Su mujer fue a hacerle compañía al camarote, con el abanico en la mano derecha y el rosario en la izquierda. Rezaba y se abanicaba por turnos. Con la oración le entraban sofocos. Cristiana tuvo que conformarse con contemplar desde cubierta los esparcimientos de los pasajeros de segunda y tercera, que regateaban, al pie de la pasarela, el precio de unos plátanos, cuyos nombres obscenos los deleitaban, de algunos objetos menudos de paja trenzada y de unas cuantas baratijas que la niña no podía ver bien desde el lugar en que se hallaba.
La mujer del perrito, que tampoco había aprovechado la escala para que Brigitte meara en tierra firme, había pedido que le mandasen, en un cesto colgado de una cuerda, unos bordados cuya veloz aproximación iba subrayando con exclamaciones jubilosas: «¡Está hecho a mano!», «¡Es una ganga!», frases que la hija del alcaide se apresuró a transmitir a sus padres como si se tratase del disparadero que los iba a obligar a levantar el sitio.
El hechizo de tales exclamaciones, tan irresistible, minutos antes, en labios de la mamá de Brigitte, se desvaneció en el quicio de la puerta del camarote ante la presencia del alcaide, que blandía su plegadera como si fuese un puñal, del ordenanza, que estaba retirando una bandeja, y de la mujer del alcaide, que se abanicaba con gestos espasmódicos a la altura de la nariz. El «Está hecho a mano» los sumió a todos ellos, y sobre todo al ordenanza, que era la caja de resonancia de los sentimientos del alcaide, en un embarazo reprobador. El «Es una ganga» murió en los labios de Cristiana, al tiempo que iniciaba ésta una retirada con la que pretendía eludir, si es que estaba aún a tiempo, la trampa en la que se había metido, y quitarse de en medio antes de que la castigaran a permanecer en el camarote con ellos. El alcaide se embarcó en un airado comentario del que sólo pudo oír, desde el extremo de la crujía, las últimas palabras: «¡... la repelente señorita ésta!». Cristiana no sabía si se refería a la dueña de Brigitte o a ella, pero se percató de que no era buen síntoma para ninguna de las dos y de que más valdría que no las vieran juntas. No obstante, sin poder remediarlo, fue al encuentro de la dueña de la perra.
Le pareció que, a la luz del sol, el ojo derecho de la perra se había vuelto repentinamente azul y que se le notaba en la turbia transparencia un no sé qué gelatinoso que le despertó la curiosidad. Se puso en cuclillas para observarla más de cerca, cosa que molestó a la dueña, quien se lo prohibió en el acto. La perra era tuerta, igual que su padre tenía la cara partida, y sanseacabó. Acabaría por quedarse ciega y no era cosa de recalcarlo, pues los perros intuyen con gran perspicacia los sentimientos que despiertan en los humanos. "



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