Rojo Brasil (fragmento)Jean-Christophe Rufin

Rojo Brasil (fragmento)

"Villegagnon vio en estas medidas una intromisión en su autoridad pero también un refuerzo que le permitiría contar con la obediencia de los protestantes. Y, por fin, con tal de obtener el compromiso de reducir y moderar las prédicas, lo aceptó todo.
Como eran los más benditos, forzosamente tenían que ser los más elegantes. Los dos primeros novios, vestidos por el sastre, habían sido elegidos deprisa por Villegagnon. Él mismo había escogido a los galardonados, de quienes conocía virtudes cuando no cualidades. Su elección había recaído en dos de sus lacayos no demasiado ladrones, un picardo y un provenzal, nacidos sin demasiado cerebro y groseros, pero trabajadores y de talante constante. Las jóvenes elegidas compensaron la ligera aversión que les provocó la decisión con el orgullo de ser las primeras en recibir el sacramento.
El día fijado, la ceremonia se efectuó en la explanada habitual. Para que todo el mundo pudiese impregnarse del ejemplo, hasta el punto de querer imitarlo pronto, Villegagnon había ordenado erigir un pequeño escenario con madero de cocotero, donde tendría lugar la celebración. No se toleraría que nadie faltara al acontecimiento. Se llamó en especial a los esclavos indios, hombres y mujeres. El almirante los instaló en primera fila. Así, ningún obstáculo les privaría de aquel espectáculo que tenía que llegarles al alma. Las jóvenes entraron del brazo de dos protestantes elegidos entre los más ancianos y que habrían podido ser sus padres. No se había producido cambio alguno en su riguroso vestido negro pero, quizá para señalar el resentimiento que sentían, habían dado rienda suelta a una audaz fantasía en su peinado. Es decir, se habían enrollado las trenzas en las sienes y habían recurrido, no sin temor a alguna amonestación de última hora, al uso impúdico de peinetas de marfil. Situadas junto a sus prometidos, se embellecieron con un color natural muy favorecedor, y como los dos bribones, cuyo único vicio había sido la bebida cuando la había, palidecieron, unos y otras ofrecieron al público conmovido un tono de mejillas casi igual, como de lechoncitos.
Pero esta armonía, destacada por la elevación de la escena, escondía unos movimientos inquietos en el público y los bastidores. Un juego de miradas sutil unía a tres personajes que, sin embargo, estaban separados. Aude estaba situada con pudor en la parte inferior del escenario, entre las siguientes candidatas a una licitación masculina. Mantenía los ojos en el suelo, al contrario que las gansas de sus vecinas, embriagadas por las miradas taladrantes que les lanzaban los colonos ansiosos. Pero, de vez en cuando, como había localizado a Just en la segunda fila, a la izquierda, le dirigía un fogonazo único, a la vez doloroso, modesto y lascivo. Just vacilaba entre una actitud noble y natural en él, la de mirada vaga mientras consideraba en el espacio ideas cuya existencia le había demostrado Villegagnon y otra muy diferente, la de una observación disimulada, inquieta y ávida de aquella a quien deseaba. Y se preguntaba qué extraña debilidad de carácter, en cuanto obtenía respuesta de los ojos que buscaba, le obligaba a volverse con fuerza irreprimible hacia el espectáculo desolador de las pastoras vírgenes y sus cerditos.
Colombe, por otro lado, podía observar al mismo tiempo a Just y a la joven protestante. Lo percibió todo: la inquietud que sentía Just, el interés que ella tenía en responder a sus miradas, el esfuerzo que ambos hacían para no dejar traslucir nada. Al principio se divirtió con este flirteo. Era la primera vez que veía a Just abandonar la casta reserva caballeresca que predicaba con el ejemplo. Pero el comportamiento de la protestante le desagradó. "



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