Una mañana como un pájaro (fragmento)Andrew Miller

Una mañana como un pájaro (fragmento)

"Yuji se desliza por debajo del agua, adoptando una posición fetal. Porque su pecho es débil, no puede prolongar la respiración durante mucho tiempo. Escucha el mundo que se reproduce a través del agua, hasta el apagado sonido que emite su corazón. Un poeta, incluso uno que no ha escrito nada en dos años (al que la poesía ha abandonado tan abruptamente como cuando sobrevino) tiene el deber de imaginar lo que la imaginación elude. Pero lo mejor que él pude hacer antes de que quedarse sin aire en sus pulmones es algo confuso y turbulento, un halo de luz que se difumina en medio de la oscuridad general, como una moneda que se hunde hasta la sima de un estanque, o la luna en medio de nubes marrones, o una cabeza, un rostro blanco como una máscara, mirando a través del humo…
Sale a la superficie. Respira alborozadamente.
Tras el baño, más sake. El abuelo ha traído con él una de esas botellas que recibe cada año desde que se retirara de su negocio de asociados en Iwate. Miyo y Haruyo traen unas bandejas de comida –consomé, col rubia al vapor, tofu frito, pepinillos y arroz. A las once y media los platos estaban vacíos y todos, con la excepción de la madre, que no va a ningún lugar, y de Haruyo, que no va a ninguna parte con ella, se prepararon para partir hacia el santuario.
De los hombres, sólo llevaba kimono el abuelo. El padre y el doctor llevaban los mismos trajes, abrigos y sombreros de fieltro. Yuji llevaba una chaqueta de lana y un abrigo que, desde la distancia, parecía estar hecho de piel de camello, como Monsieur Feneon. Miyo, delgada como un joven bambú, llevaba su habitual kimono de rayas azules y grises, una chaqueta negra, un chal gris, colores adecuados a su estación, que no ofendieran a los guardianes, fueran o no oficiales, austeros, entre los que Haruyo por cuenta propia le advirtió que se quitara la sombra de lápiz labial que se había puesto así como la peineta que sostenía su pelo, la concha de piedras lunares que la madre le había regalado el pasado verano por su catorceavo cumpleaños. Nadie se habría dado cuenta de tal minucia, si el padre no hubiera tomado la palabra. "



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