La chica de Vajont (fragmento)Tullio Avoledo

La chica de Vajont (fragmento)

"Esto fue, esto es el pasado. De hace una hora o hace un siglo, qué más da. Es el pasado.
El presente, la historia que os cuento, es nuestro viaje al lago.
Antes el problema habría sido el tráfico, pero ahora las carreteras están despejadas. Apenas pasa algún tractor de vez en cuando, que cruza la carretera resoplando y desaparece en el horizonte de campos delimitados por hileras de chopos que también parecen carreteras. Carreteras para los árboles. Antes había autopistas, pero junto con el trazado del ferrocarril fueron las primeras víctimas de nuestra breve y rabiosa guerra de independencia.
Al pasar junto a la ronda de Mestre, si se levanta la vista hacia la autopista, todavía se ven las columnas de carros de combate destruidos, con su cargamento de héroes carbonizados que nunca enterrará nadie con honores militares. Entre Venecia y Milán se ven decenas de estos convoyes destruidos por las oleadas de bombarderos A.10 o por nuestros misiles inteligentes, Made in China. Son “un monumento funerario a la ilusión de que se puede cercenar el hambre de independencia de un pueblo”. Esto para decirlo con las palabras de nuestro líder. Es decir, las mías.
[…]
Creí que estas palabras significaban el fin. Con todo, mi condena se limitó al exilio. Un exilio dorado. El jefe no olvidaba los favores recibidos. O quizá, se me ocurrió más tarde, quizá sólo quería tener a disposición a los responsables de su subida al poder, para poderlos ofrecer como carnaza a los mastines de la justicia, si se acercaban a gruñir ante las puertas de su fortaleza.
Pero los colmillos soltaron la presa antes de lo previsto. El enemigo no dio la estocada final. El régimen no se resquebrajó. Por razones de geopolítica. Había sucedido en otras ocasiones en el pasado, y volvería a suceder. Ciertas cosas nunca se aprenden.
Un día salí de casa y vi que los guardias ya no estaban. La alarma antiaérea no sonaba desde hacía semanas. Aislado, recluido en casa, me había perdido el final de la guerra, los primeros días del nuevo régimen: más respetuoso con los derechos humanos, más atento a las exigencias de seguridad de sus vecinos. De qué modo ambas cosas podían resultar compatibles era para mí un misterio, y sigue siéndolo.
De hecho nos convertimos en un Estado almohadilla, en primera línea frente a las invasiones del Este, que ellos, a pesar de las grandes palabras, temían tanto como nosotros, si no más.
“Había sucedido en otras ocasiones en el pasado, y volvería a suceder”.
Resulta tan cómoda, a veces, una frase como ésta… No explica nada, y a la vez explica tantas cosas…
Si la chica y yo todavía estábamos vivos se lo debíamos a los bombardeos de la Unión, y al compromiso, alcanzado in extremis, de que salvaba al régimen a condición de que éste mostrara un rostro más humano.
Tampoco era tan difícil ser más humanos. "



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