La traición (fragmento)C. J. Cherryh

La traición (fragmento)

"Era un disparo. Ella lo sabía. Su cuerpo sabía qué hacer; tropezaba y quería rodar y cubrirse, pero el suelo se derrumbó y ella siguió rodando como por un tubo y, zas, al agua fría. Catlin se sacudió y se puso en pie con el agua hasta las rodillas. No había que confiar nunca en Seguridad. Alguien había disparado. Debía correr y ponerse a cubierto.
Pero: Atraviesa el túnel, había dicho el instructor. Tan rápido como puedas.
Así que se puso en pie, tan rápido como pudo, hasta que tropezó con una pared y la siguió, hacia arriba, hacia el suelo seco de nuevo. En un lugar que resonaba bajo sus pies. El ruido era malo. Estaba oscuro y ella era fácilmente visible en la oscuridad por su cabello claro y su piel pálida. No sabía si debía deslizarse sigilosamente o correr, pero «rápido» era «rápido», y eso era lo que había dicho el instructor.
Corría rápida y fácilmente, una mano apoyada sobre la pared para orientarse en la oscuridad y la otra hacia delante para no tropezar con nada.
El túnel giró. Ella empezó a subir una cuesta y luego de nuevo abajo sobre hormigón, y todavía estaba muy oscuro.
¡Algo…! pensó ella, justo antes de entrar y de que la emboscada la atrapara.
Ella le dio un codazo y se retorció y, cuando sintió que la aferraba supo que era un Enemigo, pero sólo consiguió aferrarla por la ropa y se retorció hasta lograr zafarse, rápido, rápido, tan rápido como pudiera correr, con el corazón palpitándole en el pecho.
Golpeó la pared en el ángulo, ¡bang!, y casi se quedó fría, pero se levantó y siguió adelante, adelante…
La puerta se abrió, blanca, cegadora. Algo la hizo agacharse y atravesarla y aterrizó en el suelo de la pequeña habitación, con el gusto de la sangre en la boca, el labio partido y la nariz sangrando.
Una puerta se cerró y se abrió la otra, y el hombre que estaba allí no era el instructor. Tenía las cejas de un Enemigo y llevaba un arma.
Ella trató de darle una patada, pero él la atrapó, ella oyó el ruido.
La puerta se cerró de nuevo y se abrió mientras ella se ponía en pie, furiosa y avergonzada.
Pero esta vez era el instructor.
-El Enemigo nunca juega limpio -dijo-. Vamos a ver qué hiciste bien y qué hiciste mal.
Catlin se frotó la nariz. Le dolía bastante. Todavía estaba furiosa y avergonzada. Había pasado. Deseaba haber atrapado al hombre al final. Pero era un mayor. Eso tampoco era justo. Y la nariz no había dejado de sangrarle.
El instructor consiguió una tela fría y se la puso en el cuello. Dijo que el médico le examinaría la nariz y la boca. Mientras tanto, abrió el Anotador le pidió que le contara lo que había hecho y le dijo que la mayoría de los de seis no lograba atravesar el túnel.
-Eres excepcionalmente buena -la felicitó.
Y con eso, ella se sintió mucho, mucho mejor. Pero no iba a olvidarse de ese Enemigo al final. Aquí te Atrapaban hasta cuando ya había terminado la lección. Ésa era la Regla. Y Catlin odiaba que la Atraparan. Lo odiaba. Sabía que cuando creciera, el hecho de que la Atraparan significaría la muerte. Sabía lo que era la muerte. Llevaron a los de seis al matadero para que vieran cómo mataban a un cerdo. Fue rápido, y muy pronto el cerdo ya no era un cerdo. Lo levantaron y lo cortaron, y todos entendieron lo que significaba morir: uno se detenía ahí mismo y después de eso, sólo se era carne. No había una segunda oportunidad cuando uno estaba muerto, y había que Atrapar al Enemigo primero y convertirlo en muerto lo más rápido posible. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com