Los cantares de gesta (fragmento)Paul Zumthor
Los cantares de gesta (fragmento)

" El sistema de expresión del cantar de gesta aparece bien constituido desde los más antiguos textos subsistentes, lo que parece implicar un período de incubación y de tanteos iniciales tal vez extenso. Los elementos de este sistema se estudiaron en el capítulo VIII. Habría que añadir el elemento musical, que no podemos juzgar por falta de documentación. Al menos es seguro que, hasta el siglo XIII, los cantares de gesta fueron cantados. Solo poseemos, sin embargo, la música de un solo verso, tomada de una parodia de cantar de gesta, Audigier, que figura entre las digresiones musicales del Jeu de Robin et Marion de Adam de la Halle. Los trabajos de F. Gennrich y de J. Chailley permiten presumir que el cantor tenía a su disposición tres frases melódicas (cada una de la extensión de un verso) que hacía alternar libremente a lo largo de la serie de manera de conferirle un carácter melódico particular. Además, ciertos cantares incluyen al final de la serie o bien un corto estribillo, o bien un verso más breve llamado “verso huérfano”.
La opinión más difundida y la más probable hoy en día es que el cantar de gesta, en su forma primitiva, apareció hacia mediados del siglo XI. Diversas tentativas, antiguas o recientes, por hacerla remontar al siglo X proceden de concepciones poco convincentes. En cuanto a la localización de esta génesis, los datos internos y externos proporcionados por los textos más antiguos parecen indicar a la Francia del norte, entre Loire y Somme, y más especialmente la parte oeste de esta región (Normandía y regiones adyacentes). R. Lejeune volvió a discutir esta teoría, y sugirió un origen meridional.
Numerosos medievalistas se esforzaron antiguamente por encontrar en la génesis de los cantares de gesta una explicación causal. La mayoría de las doctrinas así elaboradas se destruyeron mutuamente. Quizá hoy distinguimos con mayor claridad qué factores debieron concurrir en la emergencia de este género: existencia de una forma apta para sostener largos relatos; existencia de temas específicos de ampliación épica; en fin, un movimiento cultural bastante poderoso para producir y difundir, en el espacio de dos generaciones, un arte tan nuevo y tan seguro de sus medios.
El problema de los temas se planteó desde el comienzo, pero con demasiada frecuencia la crítica se limitó, en realidad, a inventariar el sustrato histórico o legendario de los cantares. Los primeros medievalistas, en efecto, se sintieron impactados sobre todo por la distancia cronológica que separa estos poemas de los acontecimientos reales sobre los cuales parece reposar la invención épica. Constatando así un hiato de tres a cuatro siglos, se esforzaron por llenarlo, ya sea suponiendo una continuidad que hacía remontar el origen del género hasta la época carolingia, ya sea definiendo, de manera hipotética, el modo de transmisión de las “leyendas épicas”. Las diversas teorías propuestas sobre este último punto se reducen a dos tipos: se admite la existencia de tradiciones populares locales, con o sin “cantilenas” narrativas, suerte de baladas lírico-épicas; o bien se imagina una elaboración del dato inmediato (documento, crónica) a través de intermediarios que transmiten los elementos allí contenidos a los poetas. Estas doctrinas pecan, sobre todo, por exceso de sistema. Los hechos sobre los cuales se apoya su argumentación a veces sólo son producto de reconstituciones arbitrarias. Los raros documentos seguros tienen un alcance muy limitado y apenas justifican las generalizaciones. Los dos estudios más importantes entre ellos, constantemente invocados en los estudios, son particularmente ambiguos: el primero, llamado la “Chanson de saint Faron”, es un fragmento de ocho versos, en un latín muy corrompido, de contenido aparentemente épico, citados por un hagiógrafo del siglo IX que los da como una endecha popular cantada por coros femeninos. Algunos quisieron ver en este texto una falsificación pura y simple. Sin embargo, parece posible, si no probable, que para un número limitado de tradiciones relativas a las grandes crisis políticas carolingias, haya tenido lugar una elaboración legendaria, estilizada, en los siglos IX, X y XI, en cantares de esta especie. No puede afirmarse más. El segundo documento en cuestión, llamado “Fragmento de La Haya”, es un trozo épico, transpuesto en prosa latina en la primera mitad del siglo XI y cuya interpretación es de las más difíciles: sin duda se trata del residuo de un poema latino de tipo escolar, sobre un tema tomado de una tradición popular (?) y emparentado con la futura gesta de Guillermo el de la Nariz Curva. A. Burger creyó del mismo modo encontrar las huellas de un poema latino sobre Roldán (siglo XI). El vínculo de tales obras con los cantares de gesta resulta, por lo menos, enigmático.
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