Los que sueñan el sueño dorado (fragmento)Joan Didion

Los que sueñan el sueño dorado (fragmento)

"Es fácil ver los principios de las cosas y no tan fácil ver los finales. Por ejemplo, ahora me acuerdo, con una claridad que hace que se me encojan los nervios del cuello, de cuándo empezó Nueva York para mí, pero no puedo discernir con precisión el momento en que se terminó, nunca consigo saltarme las ambigüedades y los arranques en falso y las resoluciones traicionadas hasta llegar al punto exacto de la página en que la heroína ya no es tan optimista como lo fue en el pasado. Cuando vi por primera vez Nueva York yo tenía veinte años y era verano, y me bajé de un DC-7 en la vieja terminal provisional de Idlewild con un vestido nuevo que en Sacramento me había parecido muy elegante pero que ya no me lo parecía tanto, ni siquiera en la vieja terminal provisional de Idlewild, y el aire cálido olía a moho, y cierto instinto, programado por todas las películas que había visto y por todas las canciones que había cantado y por todos los relatos que había leído sobre Nueva York, me informó de que ya nada volvería a ser lo mismo. De hecho, nunca volvió a serlo. Un tiempo después sonó una canción en todas las máquinas de discos del Upper East Side que decía «pero dónde está la niña que yo fui», y si la noche estaba lo bastante avanzada yo también solía preguntármelo. Ahora sé que casi todo el mundo se pregunta algo parecido, tarde o temprano y sin importar qué es lo que esté haciendo esa persona, pero una de las bendiciones ambiguas de tener veinte años o veintiuno o hasta veintitrés es el convencimiento de que a nadie jamás le ha pasado nada parecido a lo que te pasa a ti, pese a todas las pruebas que apuntan a lo contrario.
Por supuesto que podría haber sido otra ciudad, de haber sido distintas las circunstancias y la época y de haber sido distinta yo; podría haber sido París o Chicago o hasta San Francisco, pero como es de mí de quien estoy hablando, pues hablo de Nueva York. Aquella primera noche abrí la ventanilla del autobús que me llevaba a la ciudad y busqué el skyline con la mirada, pero lo único que pude ver fueron los descampados de Queens y los letreros enormes que decían «POR ESTE CARRIL PARA EL MIDTOWN TUNNEL», y luego cayó un chaparrón estival (hasta eso me resultó notable y exótico, porque yo venía del Oeste, donde no hay chaparrones estivales), y los tres días siguientes me los pasé envuelta en mantas en una habitación de hotel con el aire acondicionado a temperatura de congelación y tratando de dejar atrás un fuerte resfriado y una fiebre alta. No se me ocurrió llamar a un médico, porque no conocía a ninguno, y aunque sí se me ocurrió llamar a recepción y pedirles que apagaran el aire acondicionado, no lo hice, porque no sabía cuánta propina tendría que darle a quien viniera. ¿Acaso se puede ser tan joven? Estoy aquí para contarles a ustedes que sí. Lo único que pude hacer durante aquellos tres días fue poner conferencias telefónicas para hablar con el chico con quien ya sabía que no iba a casarme en la primavera. Le dije que solo me iba a quedar seis meses en Nueva York y que desde mi ventana se veía el puente de Brooklyn. Pero resultó que el puente era el Triborough y que me quedé ocho años.
Visto con la distancia del tiempo, ahora me parece que aquella época en que yo todavía no conocía los nombres de todos los puentes fue más feliz que la que vendría después, pero tal vez eso lo irán viendo ustedes a medida que avancemos. En parte lo que quiero contarles es la experiencia de ser joven en Nueva York, y cómo seis meses se pueden convertir en ocho años con esa facilidad engañosa con que se produce un fundido en una película, porque es así como veo ahora aquellos años, como una larga secuencia de fundidos sentimentales y efectos especiales anticuados. "



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