Historia del antiguo espejo de luna (fragmento)Eliseo Diego

Historia del antiguo espejo de luna (fragmento)

"No sabría, ahora, precisar exactamente cómo se alcanzaba aquel desván, si estaba al frente o a lo último de la casa, qué escaleras nos llevaban, de forma que ahora es sólo un aposento sitiado por la noche, pero con aquel rectángulo de la ventana alumbrado de sol milagroso, por donde ascendían los rayos cálidos, vivos, del polvo de oro, alabando la figura menuda de Ana María, dejándonos a los primos-hermanos y a mí casi en la sombra, los ojos asombrados —sombra apenas viva entre la otra—, mientras ella nos mostraba la tarde de Viena, los carros rojos en la calle, la tarde muerta de otro tiempo retenida en sus manos, y venía el organillero de boina roja a la puerta de entrada y nos decía: «¿Hay algo para mí esta tarde?», como decía siempre, de modo que la tía-abuela interrumpía su conversación con Manuel, que jugaba tranquilamente con su monóculo, para contestarle, y luego, con sus postales aún en la mano, reasumía su explicación: «así era Viena cuando Manuel tenía veinte años», pero tantas cosas habían pasado, y el Tío Manuel estaba indudablemente muerto, esperándonos a la derecha de algo, que no sabría ahora precisar exactamente.
Lo que sí recuerdo exactamente es que Manuel está entrando ahora a su cuarto y se detiene ante el antiguo espejo de luna: allí encuentra la blanca extensión de su chaleco, con su leontina de oro a todo lo largo, y en lo alto, sobre el cuello duro y la corbata negra, su cara ancha y roja con sus bigotes de anciano, su calva reluciente provista de su orlilla de canas; lo que también sabría ahora exactamente es que da un golpecito con sus dedos en el chaleco pacífico a la otra parte y que ahora en este instante se sienta a su viejo escritorio con las mil casetas maravillosas que yo ambiciono y mi madre se niega porque está muerto y le pido que me lo regale y ya lo han vendido y mi Tío Manuel está allí escribiendo; de forma que la luz ya oscura entra por la ventana a su izquierda y desciende pesadamente por su enorme espalda de alpaca, pero él mira la ventana y encuentra allí siempre los árboles del patio, que entrecruzan sus hilos negros y no se cansan jamás de entrecruzarlos y oscurecer la tarde azul oscuro hondamente:
Mi querido David, hace ya tanto tiempo que no le veo, conque sepa que estoy en mi cuarto que llaman en casa el desván por las tantas cosas viejas que guardo, como aquella caja de cristal que me regaló su hermana de usted en Viena, que es como aquella vez que vimos al mago si lo recuerda, que tenía la bola de cristal en que se veía todo, pero aquí es como si guardase sólo una tarde entre las paredes transparentes, pues cuando la abro es como si ella me volviese con tantas cosas queridas de nuevo, su hermana de usted ágilmente viva como un pájaro salvaje, y qué pelo negro tenía cayéndole a los hombros, los ojos grises y aquella manera que tenia de torcer la boca cuando se nos burlaba; aunque usted dirá que no entiende nada de esto y no me extraña porque yo no sé qué haya pasado, cuando miro esta enorme nariz roja que me ha crecido y la panza que pesa de tal modo, que creo que pronto me voy de boca a la tierra; aunque sí entenderá usted cuando le diga que su muerte le salvó a su hermana la vida inocente y exacta, llevándola en ánima y deliciosa figura a donde es posible comer sin prisa el pan cálido y dorado que hacían ustedes a la merienda que a mí el sueño me niega, en tanto que a mi me ha hechizado no sé si aquel vejete que se paraba junto al álamo a la entrada del parque y su hermana decía siempre que era un hechicero; así dice la carta, dice nuestra Tía-Abuela Ana María a su hija Antonia que no supimos' cuándo haya entrado, mientras el organillero espera respetuosamente con su boina en la mano, porque hay tanto polvo en los cristales y no sabríamos explicar exactamente cómo las telarañas se me enredan en los dedos por las postales antiguas con los carros rojos, ya que el Tío Manuel está asomado a la ventana mirando la nevada, caer los copos suaves, descender con exquisita delicadeza sobre la nariz ancha y roja del cartero que habla con la criada del segundo piso, por lo que Manuel está de buen humor y tararea una cancioncilla y se vuelve consultando el reloj para mirarse por última vez en el espejo, ocasión en que se encuentra que sus bigotes son cenizos, no, blancos —¿me habré asomado demasiado a la ventana?—, y luego que su panza es enorme y pesada y puede hacerlo caer de un momento a otro, por lo que no podré ir al baile en estas condiciones y qué diría su hermana si me viese tendría que tomar unas píldoras o iré al Padre Alberto y le diré cuando despierte mañana que estuve así soñando que Manuel estaba vivo como aquella vez en Viena del baile que fuimos —dice mi tía-abuela Ana María entrando a mi cuarto con mi madre por el pozo de la lámpara— a ver si había carta pero sabes cómo anda el correo por lo que usaba una barba en punta, que tenía casi nívea, por lo que me doy cuenta de que estoy escribiendo solo escribiéndome solo a la luz de la lámpara con qué espanto. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com