Luna Park (fragmento)Bret Easton Ellis

Luna Park (fragmento)

"Me entregó una tarjeta con varios números de teléfono. Me indicó que telefoneara si recordaba cualquier cosa «sospechosa» o «anormal» (pronunciando estas dos palabras con tal suavidad que podrían haber formado parte de una canción de cuna). Acompañé a Kimball al coche sin ver nada y le di las gracias a regañadientes. Y en ese momento Jayne entró con el Porsche en el camino de casa. Cuando me vio con Kimball se quedó sentada en el coche observando, pero fingiendo que estaba ocupada con el móvil. En cuanto Kimball se marchó, Jayne bajó del coche sonriente y se acercó a mí, todavía radiante por el nuevo comienzo que nos habíamos prometido esa misma mañana. Me preguntó quién era Kimball y cuando le contesté que un estudiante me creyó y me cogió de la mano y me condujo de vuelta a casa. No le conté la verdad sobre Kimball porque no quería asustarla y porque creí que si lo hacía me pedirían que me marchara de casa, así que me callé y añadí aquello a la lista de todo lo que ya le había ocultado.
El resto de la tarde lo pasé en las nubes. Durante la cena, sentados a la mesa, los niños admitieron haberlo pasado bien en el centro comercial y obsequiaron a Jayne con varias escenas de la película que habíamos visto y luego se desencadenó una larga discusión acerca de Víctor (que ya no quería dormir dentro de casa pero cuyos ladridos aterrados si pasaba la noche fuera convertían en inaceptables sus demandas). La única cosa que me causó algún impacto —la única cosa que rompió la bruma de mi aturdimiento— fue cuando Sarah me trajo el Terby, aunque no recuerdo dónde me encontraba en ese momento. ¿Repantigado en el sillón frente al televisor de plasma? ¿O había ocurrido durante la cena, sentado con la familia mientras comía completamente ausente un plato de calabacines y champiñones e intentaba sonreír e interesarme, concentrarme en el flujo de información que circulaba de un lado a otro? (Intenté transmitir despreocupación tarareando por lo bajo, pero era enervante y lo dejé estar con aire despreocupado en cuanto vi a Robby ponerme mala cara.) Solo sé que estaba en algún lugar de la casa cuando Sarah me trajo el horrible Terby y me preguntó por qué tenía pintura carmesí reseca incrustada en las uñas y me pidió que la ayudara a limpiárselas en el fregadero de la cocina. («Están sucias, papi», me explicó Sarah mientras yo asentía embobado. Sí, recuerdo esa conversación. Y también recuerdo lo mal que olía aquella cosa.) En la tele daban un partido de fútbol americano que cualquier otra noche habría visto, pero cuando me encerré en el despacho y volví a marcar el número de Aimee Light, Jayne abrió la puerta y de pronto me llevó arriba, e iba murmurándome cosas mientras me conducía hacia el dormitorio principal por delante de los apliques parpadeantes, y de su sonrisa aterciopelada se deducía que esperaba algo, una promesa. Yo sentía el mismo anhelo, pero no podía seguirlo: era demasiado tarde. Se suponía que debía verme reflejado en ella, pero sencillamente no podía. Me había tomado un Ambien y apurado el resto de la botella de Ketel One y me quedé profundamente dormido nada más acomodarme en la cama, liberado de tener que enfrentarme a los deseos de mi mujer, los arañazos en el lateral de la casa, los muebles que se reorganizaban solos en el piso de abajo y la moqueta cada vez más oscura sobre la que reposaban, y mientras nosotros cuatro dormíamos un loco de mi creación vagaba por el condado al tiempo que un banco de nubes cubría la ciudad y la luna, por encima de ellas, arrancaba destellos a la noche. "



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