Ravel (fragmento)Jean Echenoz

Ravel (fragmento)

"París, noche de octubre, una de la mañana. Delante del Théâtre des Champs Élysées, el taxista, Jean Delfini, tez muy colorada y gorra pálida, acaba de recoger a un cliente de su taxi Delahaye 109. El cliente le indica una dirección, Hotel d´Athènes, rue d´Athènes 21, y el taxi arranca, la carrera no es larga. El cliente, sentado detrás, contempla las calles que desfilan, echa una ojeada al taxista separado de él por un cristal y, concentrándose en una idea, deja de examinar el exterior. Casi han llegado, descienden por la rue d´Amsterdam, y van a torcer a la izquierda por la rue d´Athènes cuando por el cruce aparece a toda velocidad otro taxi, éste de marca Renault Celtaquatre y conducido por el taxista Henri Lacep, tez amarillenta y gorra de cuadros.
La colisión lateral es muy violenta, el cistral interior del taxi se rompe por efecto del choque y se transforma en doble hoja que procede a cortar al cliente Ravel en dos. No lo consigue del todo, limitándose a hundir tres costillas, lo cual le produce una brutal sensación de pliegue en el pecho, como un bulto al revés, y a romperle tres dientes mientras que las esquirlas de cristal se encargan de desgarrarle el rostro, especialmente la nariz, el arco ciliar y la barbilla. Hacen abrir la farmacia más próxima y vendan provisionalmente al cliente antes de trasladarlo al hospital Beaujon, de donde le dejan regresar a su hotel una vez cosido. Pero al día siguiente, como parece sufrir contusiones internas, su médico prefiere enviarlo a una clínica de la rue Blomet.
Durante los tres meses siguientes, Ravel no hace absolutamente nada. Lo han tratado, curado, vendado y le han vuelto a hacer la dentadura postiza. Están muy pendientes de él, que permanece aturdido. Habla poco y no se queja nunca salvo para señalar, de cuando en cuando, que a veces su pensamiento se eclipsa, que no se desarrolla siempre como de costumbre. Con frecuencia ha dado pruebas de distracción, pero ahora son en efecto más frecuentes. Al despertarse le han traído Le Populaire, que hasta entonces leía atentamente cada mañana de cabo a rabo, pero parece que le interesa menos, ahora echa vistazos distantes al periódico limitándose a hojearlo. Como ha trabajado mucho estos últimos años, los médicos no han cesado de prevenirle: su estado no iba a mejorar dada su fatiga crónica. Ahora, desde el accidente, todo parece empeorar seriamente. Mientras lo someten a distintos exámenes, termina explicando que le da la impresión de que sus ideas, cualesquiera que sean, parecen quedarse aprisionadas en su cerebro. Al fin y al cabo es normal después de semejante choque, los médicos suponen que eso se le pasará. Lo examinan de nuevo, pero en vano. Todos sus allegados le aconsejan distintos tratamientos que cada cual declara definitivo. Electricidad, inyecciones, homeopatía, reeducación, sugestión, un sinfín de drogas inimaginable, pero aparentemente nada hace efecto.
Ya transcurridos esos tres meses, mientras el obstinado Wittgenstein ha acabado regresando a París, el estado de Ravel parece haber mejorado un poco. Incluso parece haber hecho las paces con el mutilado -a no ser que todo aquello haya acabado dándole igual- ya que acepta dirigir, en la sala Pleyel, a la Orquesta Sinfónica de París mientras el otro ejecuta el concierto del que tiene la exclusividad durante seis años. Ello no significa que Wittgenstein, profundamente encorvado sobre el instrumento, introducida la manga vacía en el bolsillo, se abstenga de emperejilar a su antojo la partitura. Sin empacho alguno sigue tomándose libertades, se entrega a efectos de virtuosismo, multiplicando las florituras y las titilaciones, adornando frases que no le pedían nada a nadie, obstinándose su mano izquierda en extraviarse hacia la derecha del teclado cuando no se le ha perdido nada allí. Ravel en apariencia indiferente a todo ello se mantiene ante el atril, marcando el compás y, como siempre cuando dirige, trabándose un poco en sus movimientos. No parece estar en absoluto presente. Además, del hecho de que su batuta pase de la mano derecha a la izquierda cuando vuelve una hoja de la partitura, puede inferirse que ya no dirige la obra de memoria. "



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