Sobre el tiempo (fragmento)Norbert Elias

Sobre el tiempo (fragmento)

"Un instructivo documento de este tipo, la novela de Chinua Achebe Der Pleil Gottes (la flecha de Dios), puede servirnos de ejemplo. En su punto central hay un conflicto en torno a la determinación del tiempo y nos ofrece un relato de primera mano sobre la vida en una aldea de los iba en Nigeria Oriental, durante el periodo en que el modo antiguo de vivir, bien que todavía intacto, empezaba a sufrir el influjo del nuevo régimen colonial. La grandiosa historia de Achebe muestra discreta y plásticamente el nivel de violencia en la vida cotidiana entre diversos Estados-Aldea, así como dentro de un grupo de aldeas, reunidos bajo la creencia en un dios común y que, por consiguiente, ostentan algunas características de federación de aldeas, de un tipo de república gobernada pro la asamblea de los ancianos y otros hombres de rango. A este círculo pertenecía también el sumo sacerdote de Ulu, dios supremo de seis aldeas, cuyo dominio era el más noble lazo de la federación. El que actualmente detenta esta función, Ezelu, es el protagonista de la novela.
[...]
Pero los hombres ordinarios podrían no estar de acuerdo en si, en realidad, la luna nueva había aparecido, en cuyo caso la función reguladora de la aparición de la Luna como signo temporal que indicaba el comienzo de ciertas actividades humanas, se ponía en peligro. Aparte esto, en este estadio, la experiencia espontánea de mirar la luna nueva, significa también ser visto por ella, y al visitante no le agradaban todos los rostros. Así que era más seguro dejarle al sacerdote el introducir con su tambor la ceremonia de bienvenida al recién llegado y asegurar el bienestar del huésped; esto es, evitar que se convirtiera en "luna mala" y con ello proporcionar a los hombres una señal temporal para que regularan sus actividades.
Achebe describe así la reacción de las mujeres e hijos de Ezelu ante una luna nueva:
Los niños pequeños estaban dispuestos, en el patio de Ezelu, a saludar a la Luna (...). Las mujeres estaban al aire libre y hablaban.
-Luna -decía la más vieja, Matefi-, que tu rostro que se encuentra con el mío, me traiga felicidad.
-¿Dónde está? -preguntaba Ugoye, la más joven- o No la veo. ¿Acaso estoy ciega?
-¿No la ves tras la copa de ese árbol, Ukwa? No, allí no; sigue mi dedo.
-¡Ah, sí, por fin la veo! ¡Oh, Luna, que tu rostro que se encuentra con el mío, me traiga felicidad! Pero, ¿cómo se sienta allí? Su posición no me gusta.
-¿Por qué? -pregunta Matefi.
-Me parece que está torcida, como una Luna mala.
-No -dijo Matefi-. Una Luna nunca es dudosa. Como aquella en que murió Okuata. Sus piernas estaban al aire. -La Luna, ¿mata a los hombres? -preguntó Obiageli y tiró del vestido de su madre. "



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