La chica mecánica (fragmento)Paolo Bacigalupi

La chica mecánica (fragmento)

"Hock Seng hace un alto en el deambular por el interior de su choza para fulminar con la mirada a Chan el Risueño.
—Soy yo el que paga por tus calorías, no al revés.
Chan el Risueño se encoge de hombros y sigue jugando a las cartas. Todos llevan los últimos días hacinados en la misma habitación. Chan el Risueño, Pak Eng y Peter Kuok suponen una compañía entretenida. Pero hasta la más entretenida de las compañías...
Hock Seng sacude la cabeza. Da igual. La tormenta se avecina. El baño de sangre y el caos se ciernen sobre el horizonte. Es la misma sensación que tuvo antes del Incidente, antes de que decapitaran a sus hijos y violaran a sus hijas hasta dejarlas sin conocimiento. Y él sentado en el ojo del huracán, voluntariamente ciego, diciéndoles a todos los que querían escuchar que los hombres de K. L. jamás permitirían que lo ocurrido en Yakarta se repitiera con el buen pueblo chino. Después de todo, ¿no eran leales? ¿No contribuían? ¿No tenía él amigos en todas las esferas del gobierno que le aseguraban que los pañuelos verdes no eran más que un farol político?
La tormenta rugía a su alrededor y él se había negado a aceptarlo... pero esta vez no. Esta vez está preparado. En el aire cargado de electricidad se intuye lo que está a punto de suceder. Es evidente desde que los camisas blancas cerraron las fábricas. Y ahora está a punto de desatarse. Pero está preparado. Hock Seng sonríe para sus adentros, examina el pequeño búnker, con sus reservas de dinero, gemas y alimentos.
—¿Ha dicho la radio algo más? —pregunta.
Los tres hombres intercambian miradas. Chan el Risueño apunta a Pak Eng con un cabeceo.
—Te toca a ti darle cuerda.
Pak Eng frunce el ceño y se acerca a la radio. Es un armatoste caro, y Hock Seng empieza a arrepentirse de haberlo comprado. Hay más radios en los arrabales, pero apostarse junto a ellas llama la atención. De modo que se gastó el dinero en ésta, sin estar seguro de si retransmitiría algo más que rumores, y sin embargo incapaz de negarse otra fuente de información.
Pak Eng se arrodilla junto al aparato y empieza a accionar la manivela con un chirrido que ahoga casi por completo los chasquidos con los que cobra vida el altavoz.
—¿Sabes?, si dotaras a este trasto de un sistema de engranajes decente, sería mucho más práctico.
Todo el mundo hace oídos sordos y se concentra por entero en el diminuto altavoz: Música, saw duang...
En cuclillas junto a la radio, Hock Seng escucha con atención. Cambia el dial. Pak Eng está empezando a sudar. Transcurridos treinta segundos se detiene, jadeando.
—Listo. Con eso debería tener para un rato.
Hock Seng mueve el dial de la máquina, escuchando los agüeros de las ondas de radio. Las emisoras se suceden rápidamente. Nada más que programas de entretenimiento. Música.
Chan el Risueño levanta la cabeza.
—¿Qué hora es?
—Las cuatro, tal vez. —Hock Seng encoge los hombros.
—Tendría que haber muay thai. Deberían haber empezado ya con los rituales de apertura.
Todo el mundo cruza las miradas. Hock Seng continúa pasando emisoras. Únicamente música. Ningún noticiario. Nada... De pronto, una voz. Ocupando todas las emisoras, hablando como una sola voz y una sola emisora. Se acuclillan más cerca del aparato, para escuchar. "



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