Esperando al juicio marcial (fragmento)Festus Iyayi

Esperando al juicio marcial (fragmento)

"Ella le escribió una carta. Él no respondió. Ella le volvió a escribir. Él la rompió y le mostró los setenta y nueve desiguales pedacitos de suave hoja azul de su plateada máquina de escribir. Su compañero le jugó una mala pasada. Ella comenzó a verle en sus sueños, en el agua que bebía, en los rayos de la luna por la noche, en las largas sombras proyectadas por el sol, que permanecía orgullosamente y sin asomo de arrepentimiento ante la fachada de su casa.
Jonathan cometió un error, pensando que estaba completamente seguro y que tenía todo bajo control, al decirle que después de haber incentivado el rechazo a mostrar cualquier tipo de interés en ella, cuando los hombres viriles del pueblo, incluyendo su Alteza Real, tenían secretas erecciones y se excitaban al pensar en su nombre, había decidido no responder a ninguna de sus cartas, mostrándole, además, los setenta y nueve fragmentos de la carta rasgada que había sido depositada en un sobre azul. Él nunca pensó, le contó, que una simple hoja de papel podría ser partida en tantos trocitos.
Todo esto y más formaba parte de su estrategia, cuya recompensa esperaba lograr en la siguiente Pascua, exactamente el día que debería haberse suicidado, ambos, él y Elisa eran marido y mujer. Y además él había descubierto su inocencia en el mundo del placer. Estuvo exudando sangre durante tres días y durante semanas lo acusó por no haber usado el ungüento de vaselina que ella le había proporcionado para facilitar la cópula. Lo cierto era que en esa ocasión Jonathan Alawa se tomó el consejo como la prueba de que ella conocía suficiente mundo. ¿Por qué no había cambiado de pensamiento al advertir que ningún otro hombre había tocado antes a su mujer? Se había dicho a sí mismo que su honor estaba en juego. Primeramente, Elisa le había sorprendido a él y consecuentemente había evocado en su espíritu una sensación de culpa que no podía o no quería admitir. Volver sobre el tema del ungüento de vaselina habría significado la admisión de la culpa y, lo que era peor, además de inexplicable para él, el síntoma de su propia impotencia. Rechazó la idea de reconocer su propia inexperiencia.
Al borde de esta mezcla de tristeza e intangibles emociones, más tarde reconoció de nuevo con cierta alarma que había querido infligirle dolor, negarle el placer de la experiencia y llevarla a la humillación, de forma que fuera completamente imposible que ella pudiera relacionar el acto con cualquier experiencia llena y valiosa. ¿Acaso no la amaba? Nunca había pensado acerca de ella en esos términos. Simplemente, ella era su esposa. "



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