Diario II. Estados Unidos, 1939-1950 (fragmento)Zenobia Camprubí

Diario II. Estados Unidos, 1939-1950 (fragmento)

"Hoy fue un mal día para mí. Empecé con ganas de escribir un cuento y escribí una página y media con gran estilo y concentración hasta que vino J. R. con una larga diatriba sobre el comer fuera, echarse a perder el estómago y envenenarse el organismo durante una semana. Las ideas se me esfumaron, así es que me puse el sombrero y me fui al mercado. Cuando regresé, no pude continuar ni concentrarme con la tensión de que en cualquier momento me pudiera llamar para escribir a máquina. Por la tarde, fuimos a dar una vuelta en el coche para explorar los alrededores, pero sin ningún resultado, pues el día era cálido y no había muchos árboles. Regresamos, y J. R. empezó a quejarse constantemente del ruido que se oía cada vez que yo trataba de volver la página del periódico, lo que hacía con el mayor cuidado. Luego, cuando estábamos escribiendo a máquina, Mrs. Lowe vino un momento para invitarnos a un concierto y J. R. estuvo a punto de ponerse furioso por la interrupción. Después de escribir a máquina, mencioné que quería oír a Kalterborn y J. R. dijo: “¿Ahora?” Esto fue el colmo; así es que me monté en el coche y me fui a un lugar tranquilo donde pudiera pensar en un plan para no pasarme toda la vida como si estuviera en la sala de espera de una estación: esperando a cocinar o escribir a máquina para J. R. Desayuno a las 8 a. m. Máquina a las 10. Almuerzo a la 1. Máquina a las 3:30. Cena a las 7:30, lo que no me deja tiempo entre medias para hacer siquiera un viaje a Miami, por no hablar de citarme con alguna amiga. También la traducción está atrasada, porque no hay una hora al día en que pueda escribir a máquina sin molestar a J. R.
(...)
Me encanta la mañana del domingo. Tan tranquila. No hay que levantarse dispuesta a hacerle frente a lo de afuera –las diligencias, las compras, etc.–. Los domingos me quedo en bata hasta la hora del almuerzo y hago perezosamente lo que puedo. No son ni las 10:30 siquiera, pero esta mañana he estado muy contenta. J. R. y yo desayunamos juntos y empezamos a hablar sobre un libro en conjunto. Ante mis preguntas empezó a hablar y se dio de lleno a la conversación. Escribía yo esto cuando pasó a mi lado y me dijo: “Me encantan estas confidencias matinales.” Estaba tan entusiasmado antes de levantarse de la mesa que hora y media después me llamó para enseñarme los progresos del libro completo. Naturalmente, como escribo a máquina todos los días de cinco a diez poemas que él me dicta, tenía idea del adelanto pero él quería enseñarme la “arquitectura” del libro, la clasificación y la construcción en general. Compone sus libros con un gozo y un gusto tan visibles que es un placer verle desatar el cordón y quitar los cartones de la cubierta, siempre en armonía de colores –la cinta y el cartón–, y empezar a volver las páginas, explicándome. Primero me enseñó su propia copia, con marcas y sugerencias para él mismo, después la copia del editor, con las indicaciones lo más precisas posible y solo con las correcciones necesarias para escribirla en un teclado de lengua inglesa adaptado al español. "



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