Los visitantes de otoño (fragmento)Frank Belknap Long

Los visitantes de otoño (fragmento)

"Afortunada o desafortunadamente, según el caso, las emociones no se pueden cronometrar de la misma manera, e inmediatamente me sentí excitado y aprensivo sin saber por qué. Sin encender la luz, tanteé en la oscuridad buscando mi bata, las pantuflas y una linterna de bolsillo, y en menos de tres minutos me encontré bajando a la sala en medio de un silencio tan absoluto que me habría permitido oír el movimiento de un ratón.
Por un momento me pareció que la sala estaba tal como la habíamos dejado. Hasta que vi el más tenue de los resplandores en dirección a la repisa del hogar. Algo se movía, algo situado directamente debajo de Dolly Madison. Yo sólo alcanzaba a discernir los vagos contornos de su torso de madera y de sus largas piernas colgantes en lo que había cesado de ser una región de negras tinieblas.
Cuando la visibilidad es muy débil, pocos segundos de contemplación intensa pueden hacer a menudo que un elemento apenas perceptible se destaque con mayor nitidez, y el objeto en movimiento se convirtió repentinamente en una pequeña figura humana, con los brazos extendidos, que saltaba como si hiciera esfuerzos frenéticos por alcanzar las piernas colgantes de Dolly Madison y bajarla de la repisa. Una chiquilla que no podía tener más de seis o siete años giraba lentamente hacia mí dentro del círculo de resplandor brillante. Parpadeaba un poco, pero no parecía sorprendida, como si creyera seguir rodeada por la oscuridad. Aunque me miraba directamente, parecía ajena a mi presencia.
Nunca había visto una cara infantil tan radiante, tan clásicamente bella. Había algo casi helénico en ella, como si un antiguo mago la hubiera extraído de una urna sepultada y la hubiese transformado en una realidad de carne y hueso. Estaba descalza y vestía una túnica blanca, flotante, desprovista de toda clase de adornos, que le daba un aire casi angelical.
De pronto, antes de que pudiera dar un paso hacia ella, desapareció. Allí donde había estado, sólo se veían los ladrillos del hogar.
¿Un fantasma? Me negaba a creerlo. Lo que considerables lecturas recientes me habían enseñado acerca de la naturaleza de la pesadillas reforzaba mi escepticismo total. Estas provienen de una zona del cerebro distinta de la que genera los sueños comunes. Nacen en el sustrato oscuro de la conciencia humana. A menudo terroríficas, pueden abarcar ocasionalmente, junto al horror, aspectos de soberbia belleza, quizá para compensar lo que en otras circunstancias podría amenazar la cordura.
Las pesadillas también dejan auras. Es posible despertar de una y ver, durante varios minutos, a una persona muy concreta plantada al pie de la cama.
Desde luego, era por lo menos inusitado que un aura se hubiese presentado tan tardíamente, después de que me hubiera levantado, buscado a tientas la bata y bajado la escalera para encender una linterna de bolsillo. Pero no se podía descartar la posibilidad, sobre todo después de los malos momentos que Princess me había hecho pasar hacía un rato.
El simple hecho de que Princess no se hubiera despertado ni hubiese entrado en la habitación, agitada y con el pelo erizado, parecía consolidar notablemente la hipótesis de la pesadilla. Lo que la había enfurecido antes en la zona de la chimenea debía de haber sido un fenómeno de otro tipo, porque los perros son capaces de captar una amenaza incluso cuando están profundamente dormidos, y Princess difícilmente podría haber confundido una imagen concebida por mi imaginación netamente humana con una amenaza física objetiva. Tal vez exista la telepatía en ese nivel, pero yo siempre lo he puesto en duda.
Aunque los labios de la criatura no se habían movido cuando le había enfocado la luz, en mi mente afloraron espontáneamente cinco versos de Swinburne:
Si el reyezuelo de cresta dorada
fuera un ruiseñor, por qué entonces
algo visto y oído por los hombres
habría de producir la mitad de la dulzura
que produce un niño de siete años al reír.
Para un pintor, poeta o músico hay una sola orden imperiosa: Fíjalo lo antes posible..., sobre el papel, la tela o el teclado, según los mandatos de tu vocación.
Cuando atravesé apresuradamente la sala rumbo a la puerta de la habitación vergonzosamente desordenada que yo llamaba estudio, Princess se despertó al fin y salió del mirador con paso cansino. Olfateó brevemente la base de la repisa como si le turbara algo que había estado allí, pero su agitación no fue ni remotamente comparable a lo que había sido la primera vez. "



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