El reino de las sombras (fragmento)Robert E. Howard

El reino de las sombras (fragmento)

"Los pequeños poetas cantan de cosas pequeñas, De esperanzas, alegrías y fe; de pequeñas reinas y reyes de juguete; De amantes que se besan y se unen, Y de modestas flores que se cimbrean al sol.
Los grandes poetas escriben con sangre y lágrimas Y agonía que, como las llamas, devoran y arrasan. Alcanzan la ciega locura con sus manos, en la noche, Sondean los abismos que representan la muerte' Se arrastran por golfos donde serpentea la locura Y locas y monstruosas formas de pesadilla que quieren destruir el mundo.
Con el aullido de un alma condenada, el hombre moreno cayó rápidamente, aplastándose entre las flores. Las plantas se lanzaron sobre él con un estremecido silbido. Sus tallos espesos y flexibles se curvaron, como cuellos de serpientes, y sus pétalos se cerraron sobre la carne. Un centenar de flores se asieron a él como los tentáculos de algún gigantesco pulpo, sofocándole y machacándole. Sus gritos agónicos llegaron hasta mi, ensordecidos; estaba completamente cubierto por las flores que se abatían silbando sobre él. Las que se encontraban lejos de su alcance se agitaban y retorcían furiosamente como si quisieran arrancar sus propias raíces en su deseo por reunirse con sus congéneres. En toda la pradera las grandes flores rojas se inclinaban y retorcían hacia el lugar donde la siniestra batalla se desarrollaba. Los gritos disminuyeron y fueron siendo cada vez más débiles hasta desaparecer. Un terrible silencio reinó en todo el valle. El hombre negro volvió a la torre con un vuelo apacible y desapareció en su interior.
Poco después, las flores se fueron apartando una tras otra de su víctima que quedó tendida, blanca e inmóvil. Sí, su palidez era peor que la de la muerte. Se habría dicho que era una estatua de cera, una efigie de mirada quieta, a la que toda gota de sangre le hubiera sido absorbida. Y una sorprendente transformación era visible en las flores que había en las proximidades del cuerpo. Los tallos ya no eran incoloros; estaban hinchados y teñidos de un rojo sombrío, como bambúes transparentes, estallando de sangre fresca.
Impulsado por una curiosidad insaciable, abandoné furtivamente mi refugio entre los árboles y me deslicé hasta las mismas lindes del campo encarnado. Las flores silbaron y se inclinaron hacia mí, dilatando los pétalos como el capuchón de una cobra excitada. Elegí una flor alejada de las demás, corté el tallo de un hachazo y la criatura se derrumbó por el suelo, retorciéndose como una decapitada serpiente.
Cuando sus movimientos cesaron, me incliné sorprendido sobre ella. El tallo no era hueco como había supuesto... es decir, hueco como un bambú seco. Estaba atravesado por una red de venas, parecidas a filamentos; algunos estaban vacíos, otros exudaban una savia incolora. Las colas que unían las hojas al tallo eran notablemente tenaces y ligeras. Las propias hojas estaban bordeadas de espinas curvadas, como si fueran acerados colmillos.
Cuando aquellas espinas se hundían en la carne, la víctima se veía forzada a arrancar la planta entera, a partir de las raíces, si quería escapar.
El pétalo era tan ancho como mi mano y tan grueso como una porra armada con clavos. En el borde interno, cada uno de ellos estaba recubierto de innumerables y minúsculas bocas, no más grandes que la cabeza de un alfiler. "



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