Las puertas del sueño (fragmento)Henry Kuttner

Las puertas del sueño (fragmento)

"Una marea pareció elevar a Elak, haciéndole subir suavemente hacia adelante. Cuando se encontraba junto a la base del risco vio unas grandiosas puertas de hierro. Y las puertas se corrieron y se abrieron hacia los lados por completo mientras él atravesaba el espacio abierto. Después, se cerraron en silencio tras él.
Y entonces, Elak fue consciente de una Presencia. Era un negro estigio; pero en la tenebrosa oscuridad había una vaga agitación que aún no era completa; una sensación de movimiento que era inconfundible.
Sin ninguna advertencia previa, Elak vio al... ¡Pálido Uno!
Una figura blanca y brillante apareció ante su vista. No podía decir lo alta que era, ni lo cerca o distante que se encontraba. No podía ver otra cosa que un simple perfil. Un resplandor que parecía arrastrarse y que estaba formado por una luz fría, rodeaba al ser; parecía poca cosa más que una simple sombra blanca. Pero una sombra... ¡tridimensional, viva! ¡El terror sobrenatural de Karkora, el Pálido Uno!
El ser pareció aumentar de tamaño. Elak sabía que estaba siendo observado, fría y desapasionadamente.
Sus sentidos ya no eran dependientes. Parecía como si no captara la presencia de Karkora únicamente con sus ojos..., ya no era consciente de su propio cuerpo.
Recordó a Dalan y al dios de Dalan. Y gritó en silencio, pidiéndole ayuda a Mider.
El tembloroso asco que le dominaba no se le pasó, pero el horror que le ataba la mente ya no era tan fuerte. Volvió a gritar, llamando a Mider, haciendo un esfuerzo por concentrarse en la imagen del dios druida.
Una vez más, Elak llamó a Mider. Y, silenciosa y misteriosamente, un muro llameante se elevó a su alrededor, eliminando la visión de Karkora. Las llamas, cálidas y vacilantes de Mider eran como una barrera protectora..., natural y amistosa.
Se cerraron a su alrededor..., y le hicieron retroceder. Calentaron el horror gélido que había helado su mente. Cambiaron, hasta convertirse en la luz del sol..., y la luz del sol estaba penetrando por la ventana, junto a la cama baja donde se encontraba Elak, despierto y tembloroso a causa de la reacción.
—¡Por los Nueve Infiernos! —balbució, incorporándose suavemente—. ¡Por todos los dioses de la Atlántida! ¿Dónde está mi espada? —la encontró y la hizo oscilar en el aire, produciendo un silbido—.
¿Cómo puede un hombre luchar contra los sueños?
Se movió hacia Lycon, que estaba roncando ruidosamente a su lado y zarandeó al hombre pequeño hasta despertarle.
—¡Bazofia de puerco! —exclamó Lycon, frotándose los ojos—. Trae otra taza, y con rapidez, o... ¿eh? ¿Qué pasa?
Elak se estaba vistiendo con rapidez.
—¿Que qué pasa? Algo que no me esperaba. ¿Cómo podía saber, a través de las palabras de Balan, la clase de cosa que iba a vivir en la Atlántida? —escupió, lleno de disgusto—. Ese leproso asqueroso nunca se apoderará del trono del dragón.
Introdujo la espada en la vaina.
—Encontraré a Dalan. Regresaré con él a Cyrena.
Elak guardó silencio, pero en lo más profundo de sus ojos se podía observar un matiz de negro horror y de asco. Había visto al Pálido Uno. Y sabía que nunca sería capaz de expresar con palabras el asco ardiente y repugnante causado por un ser extraño como Karkora.
Pero Dalan había desaparecido. Era imposible encontrar al druida en Poseidonia. Al final, Elak abandonó su propósito de encontrarlo y decidió hacerse cargo de todo. Un barco denominado Kraken abandonaba el puerto aquel mismo día, para dirigirse hacia la costa occidental. De hecho, cuando Elak contrató a un barquero para que le llevara a él y a Lycon hasta la nave, los remos de ésta empezaban a inclinarse hacia el oleaje. "



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