Dios se ha ido (fragmento)Javier García Sánchez

Dios se ha ido (fragmento)

"Las variaciones podrían ser múltiples (aunque ahora lo cierto es que no estoy para cálculos), pero el tema sigue siendo el mismo, por desgracia: todos, unificando criterios a modo de salmodia, horadan sin piedad ni tregua en la quietud del barrio. Todos viven, laten y desarrollan sus existencias socavando lo que hace un tiempo fue Atlántida, lugar al que el nombre le viene que ni pintiparado. Acaso me refiero a una vieja época de tranquilidad y silencio que ya nunca volverá. En esto me puede la añoranza, cuyo invisible latigazo me flagela el alma con demasiada frecuencia (y espero no estar poniéndome poeta-pedorro, lector, lo digo en serio. Si crees que es así, por probar que no quede: lanza sobre este texto el poder de tu telepatía. A ver qué pasa).
Finalmente, y para zanjar el tema de las clasificaciones de vecinos y sus posibles similitudes entre tanta horda invasora, creo que si hay algo que los engloba a todos eso es, sin duda, el sagrado rito de podar las moreras cada año, y que ya mencioné páginas atrás. Son los Podadores, un pedazo de estirpe. Hay Podadores A, Podadores B, y Podadores C, según el bloque a que pertenecen, pero la gestión y algarabía podadora es prácticamente la misma, aunque con días de diferencia, pues unos y otros «se pican» en momentos distintos, por expresarlo en términos de reto, a ver quién poda más y mejor. Han llegado al sublime e insuperable absurdo de ponerse a podar cuando en realidad aún no había prácticamente nada que podar. Sólo por adelantarse, por lucir sus herramientas de podar.
Es curioso: durante todo el año llevan vida de mineral. Pero de pronto parecen resurgir con brío y montan eventos por todo lo alto. Sin embargo, cuando llega la época de la poda todos se ramifican en la calle como laboriosas hormigas y no se quitan ojo unos a otros, pese a que parece que vayan a lo suyo. Quizás, si yo hubiera sido captado años atrás por el influjo succionador de Podadores C, quienes intentaron arrastrarme a la poda feroz y sistemática de nuestro sector de moreras, tarea a la que iban con el ímpetu que muestran los enanitos de la película Blancanieves, ahora no estaría hablando en unos términos que, insisto en ello, nunca son de desprecio, sino de perplejidad. Porque es justo cuando Podadores Reunidos —A, B, y C—se dan cita en las calles adyacentes, con sus utensilios de poda en ristre, escaleras, sierras, gruesas tijeras y demás, el único momento en que los veo en su faceta humana. Quiero decir, es ésa de la Poda casi la única actividad —no sabría enumerar otra, francamente— en la que actúan como auténticos vecinos, aunque el furor y dislate podador vecinal dure apenas una jornada o dos. Posiblemente, coincidiendo con la labor compulsiva de Podadores, me siento un poco animal.
Me pregunto, a fuer de ser no solamente sincero sino también justo y autocrítico, qué tipo de animal seré para ellos. Muchos de esos vecinos me llamarán «bicho raro». Lo sé. Sí, pero, ¿qué bicho? Tampoco es que me preocupe en exceso. Personalmente con el que me siento más familiarizado es, sin duda, con la carcoma. Por ejemplo, y si me fuese preguntado qué desearía ser para el lector de esta historia, qué quisiera ser en su conciencia, me da igual a qué nivel de metamorfosis, eso sería sin duda: carcoma.
Lo que no quita para que yo mismo haya llenado varias veces diversos rincones de la casa con Carcomín, porque aquello ya no podía aguantarse. El resultado, tras una de esas por lo general inútiles razzias, y otro tanto valdría para lo de exterminar hormigas, pulgones o moscas, es de muebles en la basura. Mientras no se invente un discreto y eficaz «Vecinín», supongo que mi espíritu no estará en paz.
Con lo anteriormente expuesto, y que me ubica en una interrelación un tanto precaria respecto al vecindario, quizás haya conseguido ofrecer una idea, aunque sea vagamente aproximada, de lo que considero la disyuntiva mental y vital de una persona que pugna por mantener la cordura en un ambiente poco propicio para ello, si es que eso existe en parte alguna. Porque si hablamos de la felicidad, empiezo a dudar. "



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