La costa de los mosquitos (fragmento)Paul Theroux

La costa de los mosquitos (fragmento)

"El zambu lo ponderó y soltó de nuevo una risita, mientras Padre le miraba a la cara.
La diferencia entre los dos hombres me sorprendió y asustó. El zambu con su camisa amarilla y el sobrero de paja y un bastón... y Padre, alto y huesudo y rojo, con pelo largo y grasiento y la mirada salvaje y un dedo de menos y unos pantalones cortos de lona. ¡Padre estaba más escuálido que el zambu! Y hasta entonces no me había apercibido de lo salvaje de su aspecto. De no haber sabido que no era así, habría pensado que el salvaje era él y no el zambu. Si el zambu hubiera tenido los ojos y el pelo de Padre yo habría salido corriendo. Pero nos habíamos acostumbrado a ver a Padre con aspecto de espantapájaros viviente, el hombre salvaje del bosque, y además gritando.
El zambu sonreía preocupado mientras Padre corría alrededor de la casa, destacando sus ventajas.
«Observe cuán práctica es», decía. Como no tenía postes, los terremotos no la podían tirar. El techo alquitranado resistiría cualquier cantidad de lluvia. Estaba hecho de restos de barcos naufragados en la Costa de los Mosquitos... cada uno de los maderos pulido y sellado por el océano. Dos camarotes alargados, adultos y niños, cada cual con su propia entrada. Lo tenía todo, intimidad, fuerza y gracia. Seguiría donde estaba, dijo Padre, mucho después de que las tormentas de verano se llevasen las chozas de hojas de palmera.
–Quiero unas buenas tormentas para demostrar que tengo razón. Entonces me meteré ahí dentro y me desternillaré de risa. Las paredes gruesas la mantienen fresca, y con una escotilla entre los dos camarotes nos aseguramos de que corra la brisa. Y además puedo levantar el techo. No sé por qué me tomo la molestia de contarle todo esto.
–Mi techo no gotea –dijo Childers.
–Ya veremos. Pero, francamente, ese es el gran error que ustedes los de aquí cometen. Siempre hablando de su techo, siempre concentrándose en la tapa. ¿Qué me dice del suelo?
Childers empezaba a retroceder.
–El suelo es igual de importante. No pueden eliminar el problema pinchando su casa en unos palos y levantándola diez pies. Con eso no consiguen más que hacerla vulnerable, conspicua y temporal. ¡Fíjese en lo que pasó en los Estados Unidos!
El sermón de Padre había tomado al zambu por sorpresa. No respondió. Seguía retrocediendo por la cenagosa orilla.
–Esta casa es impermeable, por arriba y por abajo –dijo Padre–. ¿Lo es la suya? ¿Impermeable por abajo?
En ese momento, el zambu vio a Madre y las gemelas distribuyendo las semillas en varios montones. Se llevó la mano al sombrero con anticuada cortesía.
–¿Cómo está, Mamá?
–No me pise el huerto –dijo Padre.
El zambu miró al suelo. No había ningún huerto. Dio unos pasos apoyándose en la punta de los pies, cruzando surcos imaginarios.
–¡Ahora me está arruinando el gallinero!
El zambu no lo vio. No había gallinero. Pero caminó levantando mucho los pies y equilibrándose con los brazos, el rostro contraído por el temor, como si temiera tropezar con un gallinero invisible.
–Recuerde esto. La experiencia no es un accidente. Es una recompensa que obtiene todo aquel que la busca. Es una acción deliberada y requiere mucho trabajo. Usted ha decidido ir a la iglesia... curioso lugar para ir, si se tiene en cuenta el estado en que está el mundo y cómo llegó a estar así. El séptimo día, Dios se marchó de la habitación ¿por qué va usted a cometer tan perezoso error? ¿Para qué rezar cuando podía estar construyendo una cabaña como ésta?
–No tengo herramientas. –El zambu era presa del pánico. Echó a correr.
Padre le siguió, gritando.
–No tengo herramientas. ¡Todo cuanto ve aquí lo he hecho con mis propias manos!
Pero el zambu ya se había ido. Desapareció por la orilla del arroyo en la dirección de la Laguna de Brewer. No pudo oír lo que Padre le decía. Una suerte, porque lo que le dijo de las herramientas no era cierto.
–Me molesta la curiosidad malévola de este hombre –dijo Padre.
Reanudamos el trabajo. Padre había negado que tuviéramos herramientas. Era una mentira, otro invento. Le consolaba.
Teníamos herramientas, y más que herramientas. La ribera de los Mosquitos nos proporcionaba la mayor parte de las cosas que necesitábamos. Habíamos encontrado la cabeza de un martillo de orejas y le habíamos puesto un mango. Habíamos fabricado destornilladores y escoplos martillando puntas de clavos calentados. Una hoja roñosa de sierra que encontramos abandonada, entre unas algas relucía ahora con el uso. Rescatábamos alambre, latón y botellas depositadas por la marea, así como redes rotas, que remendábamos, y suficiente lona para que Madre hiciera pantalones cortos para todos y una bata para ella Sus agujas eran huesos de pájaros. Podía haber conseguido agujas de verdad en el poblado de Brewer, pero a Padre le gustaba la idea de matar pájaros («¡Carroñeros!») y afilar sus huesos para hacer agujas. "



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