Los nadadores (fragmento)Joaquín Pérez Azaustre

Los nadadores (fragmento)

"El aire no es tan frío como ayer y el impermeable le abriga convenientemente. Pasa por la taquilla del metro y no ve a nadie al otro lado del cristal, con el sillón y el mostrador vacíos. Saca el bono, tica y se abren las portezuelas metálicas. Contempla los paneles publicitarios, enormes y llamativos, de muchachas gigantes con una dentadura inmaculada, esbeltas y en biquini, cubiertas las cinturas por pareos, junto al equipaje, antes de embarcar en un avión, en el anuncio de una agencia prometiendo días inolvidables de luz y aguas templadas, pero algo advierte como una variación: las esquinas superiores comienzan a rizarse, despegadas quizá por su vejez repentina, porque Jonás recuerda que esas mismas chicas atrayentes, listas para partir a cualquier destino cálido, quizá llevan ahí varias semanas y por eso los muslos se levantan, y las sandalias playeras se ven más arrugadas, y hay algunas grietas en el brillo de esos ojos azules, como soles risueños bajo el velo de unas largas pestañas que, por grandes, pueden distinguirse individualmente y ser enumeradas lentamente una a una. En el andén hay poco movimiento: cuatro mujeres, una de mediana edad, que no para de mirar el reloj electrónico colgante, anunciando que falta solamente un minuto para que llegue el siguiente tren, con una bolsa de plástico; dos adolescentes con auriculares y una cuarta algo mayor, con el pelo recogido. Enfrente, sólo una niña con una chica joven. Rubias. Recuerda la conversación con Leopoldo en el hotel y esa fragilidad de su cojera al marcharse. Las observa a las dos, y se dice que tanto su nieta como su hija podrían ser cualquiera. Ya dentro del vagón, Jonás trata de articular sus pensamientos, pero sólo consigue sentirse aún más oprimido: quizá lo que le cerca es la soledad de los respaldos, la mayoría sin ocupar, y que el tren haya venido como si fueran las seis de la mañana de un domingo, cuando únicamente es posible ver en los asientos a alguien rezagado de la noche, durmiente y todavía con la mirada impávida, rojiza, o a algún viajero en dirección al aeropuerto con la salida demasiado temprana. Pero no es un domingo casi al alba, sino un viernes cualquiera al mediodía y en el vagón hay demasiado sitio libre, aunque en las siguientes paradas se van incorporando nuevos pasajeros, con la mirada más extraviada de lo habitual y una lentitud extraña en esas horas, como si también ellos recelasen de esa espaciosidad. La salida da directamente a la cafetería, frente a un quiosco de prensa. A través del movimiento de cristal rotatorio ve a su padre, apoyado en la barra, que ya le ha localizado. Le hace una señal, levantando las cejas, y Jonás pasa dentro. Tras un breve titubeo, se estrechan las manos sin demasiada convicción.
—Tenías razón. Todo está como siempre, cada cosa en su sitio, pero se nota que nadie ha pasado por allí en los últimos días. Sin embargo, están todas sus cosas: los vestidos, los abrigos y también los sombreros. Mamá no se habría ido sin todo eso. Quizá ha llegado el momento de que vayas al banco y pidas un extracto actualizado, si puedes. En su cartilla sólo constan movimientos de hasta hace dos meses. No he encontrado su cartera, ni tampoco su bolso. Habría que denunciar su desaparición.
El gesto de su padre se endurece, aunque no se ha movido ni un milímetro en su rostro, y Jonás siente, corriendo entre sus omóplatos, el recuerdo de una gota helada.
—Jonás, la denuncia no es oficial, y aunque lo sea no cambiará la situación. Podemos interponerla si lo prefieres, pero ya te dije que me están ayudando. También he ido al banco y he revisado sus cuentas. Ni un solo movimiento. Pero ahora tienes que esforzarte en recordar la casa. No se trata sólo de lo que hayas visto, que también, es algo más profundo: yo ya he estado allí. Lo he examinado todo, como puedes imaginar —las facciones de Jonás se han ido relajando, aunque permanece en tensión—; pero siempre hay algo minúsculo, un detalle o cualquier impresión, aunque parezca insignificante. Lo que sea. Concéntrate. Tú la conoces bien. Os parecéis mucho —termina, y esboza una sonrisa fatigada. "



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