Celine y el matrimonio (fragmento)Christiane Rochefort

Celine y el matrimonio (fragmento)

"No debería permitirse hacer un retrato, cuando no se tiene talento. Las gentes pueden morir. Entonces no queda más que el retrato y no es bueno. Estoy avergonzada.
He intentado hacer otros, de memoria. Me he esforzado.
—Decididamente, no sabía que amabas a Julia hasta ese punto —repetía Philippe, aquejado por celos póstumos; él no sabía que yo trataba de empezar de nuevo, porque el retrato era malo, y estaba avergonzada; y yo no sé si amaba a Julia, y hasta qué punto, salvo que no podía soportar que alguien, que había estado vivo, ya no lo estuviera; ni soportar la imagen del momento, del segundo, en que vio venir el coche sobre ella, porque lo había visto; ni que su rostro hubiera quedado destruido, aun antes que se lo comieran los gusanos. No podía soportar el pensamiento de aquellas tres cosas, eso es todo. Si es esto amar, no lo sé. Son cosas.
Ahora su rostro sólo estaba entre mis manos; y yo lo sacaba mal. La escena de La princesa de Clèves la saqué un poco mejor, tal como la había imaginado aquel día, y que intentaba reconstituir con ayuda de Stephanie; durante este período, Stephanie no se apartó de mí; creo que me era indispensable. Abandonaba el liceo. La hacía posar para las dos siluetas, tan pronto yo pintando, como la otra, ausente para siempre. Cuando "era" Julia, lloraba. Le costaba trabajo soportarlo, pero no quiso renunciar, ni ceder a las presiones de su madre, a quien no le agradaba esta historia "morbosa", y que no cesaba de prohibirle "que me molestase".
Mi pintura comenzaba a irritar. Duraba demasiado. Yo ya sabía que no era buena, no necesitaba que nadie me lo dijese.
—Mi mujer también pinta —dijo Philippe al final de una cena, cuando la conversación versó sobre este arte. A veces, delante de ciertas personas, Philippe acostumbraba señalar este rasgo pintoresco de nuestro matrimonio. Esta vez se dirigía a un señor, a quien no habíamos recibido antes, y que empleaba los importantes beneficios que le dejaban ciertos negocios inmobiliarios en hacerse una colección. Se decía que era un conocedor esclarecido. En consecuencia, era solicitado, y Philippe me resultó importuno. Su observación produjo sobre el personaje el efecto ordinario de costumbre: contuvo cortésmente una mueca y la transformó en una sonrisa mundana que no constituía una alusión a mí.
—Yo no pinto, pintarrajeo. Es una distracción de ociosa, carente de interés artístico.
Pensaba de este modo librarme de una preocupación inútil y de la conversación acerca de mí. Sin embargo, Philippe, sin saber por qué, insistió en ello. Se hace la modesta; pinta realmente, e inmediatamente se levantó. "Voy a mostrarle, usted me dirá..."
—Philippe, no, por favor...
No tuve tiempo de impedirlo. Debí levantarme también, dar el espectáculo de una esposa que corre detrás de su marido, revelando un desacuerdo. La calma que me impuse en la ocasión me detuvo de tal modo que me crucé con Philippe cuando él volvía junto a la puerta del living, a la cual había llegado, con la rapidez de su acción. Llevaba el primer retrato y el último, los dos igualmente malos: felizmente, la Princesa de Clèves no estaba seca aún.
—Philippe, yo no quiero. No vale la pena... Te lo ruego...
Me veía obligada a hablar bajo, a causa de la proximidad del living desde donde aquellas gentes podían oírnos.
—¿Qué sabemos? —dijo Philippe apartándome.
—¡No! —traté de apoderarme de las telas.
—Veamos —dijo Philippe mostrándome la puerta abierta, y haciendo comprender que una escena sería inconveniente. Me arrancó los cuadros de la mano con un movimiento brutal, y vi en sus ojos una determinación violenta iluminada por una sonrisa ambigua. Esta expresión me sorprendió y me indicó sin duda que la lucha sería vana; estaba decidido. Entró en el salón, yo detrás de él, con aire ridículo. El retrato, acompañado por un "¿No es cierto?" insinuante, fue colocado bajo las narices del coleccionista, que lo miró unos segundos y luego se volvió hacia los demás y dijo:
—¿Han visto la exposición de Valadon? Pienso en ella —dijo volviendo sobre mi pobre obra— porque es una de las pocas pintoras que no tiene mano. Encantador —añadió, dirigiéndose a mí con la suficiente amplitud para que Philippe retirase el objeto de su vista. "



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