La guarida (fragmento)Norman Manea

La guarida (fragmento)

"Viernes, después de comer. La prisa que precede al descanso. Los empleados apresurados por llegar a la tabla de salvación de la semana. Han vuelto a esfumarse, quién sabe cuándo y cómo, siete días con sus siete noches. El cielo incierto de la primavera: el médico está allí. ¡El pequeño Koch-Avicena! El espejo, ¡ya ves! El paciente ahuyenta la imagen. El trío de titiriteros del parque maneja, con sus dedos finos y negros, en pleno bombardeo musical, burlescas marionetas. Brincan, enloquecen. El médico entre ellas. Veredas, a mano derecha e izquierda. Paseantes de todas las edades y razas. El médico entre ellos. El caleidoscopio de la ciudadela va girando, con el pequeño Koch en medio.
El río viaja, despaciosamente, a la izquierda del tren. Uno nunca se baña dos veces en el agua primordial. Esto es lo que el viajero ve, por la ventana del vagón, a lo largo de las vías del tren: el agua que no envejece y que nunca es la misma. Como tampoco lo es el aire. Ni el terapéutico y fluido horizonte.
Pasado, presente, futuro, el tiempo igual a sí mismo, ¿es éste el horizonte? Aguas mansas, instantes envejeciendo, podredumbre y deyecciones. El agua sube lenta y serenamente por encima del pasajero que duerme. El revisor le da unos suaves golpecitos en el hombro. El tren se ha quedado clavado en la estación.
Recoge rápidamente la bolsa y la gabardina. Baja, ya ha bajado, aquí está, aturdido, en la estación, mirando el río ancho y apacible que tiene ante sí.
¡Vaya, ha llegado! El andén vacío, las montañas en el horizonte, el río a un paso. Tarde serena, fría. El comienzo del mundo. No sospecha lo cerca que está el fin. El fin de su mundo.
El cronómetro devora los segundos de la tregua.
Peter había aparecido de repente, como en un sueño o en una pesadilla. —Peter. Gaspar. Mynheer. Al teléfono Mynheer Peter Gaspar. Voz surgida de la nada. El profesor Gora ya no estaba seguro de dónde se encontraba. Escrutaba las paredes forradas de libros. Guardaba silencio. No tenía ningunas ganas de contestar, la sorpresa era una agresión. ¡Peter! ¿Era Mynheer Pieter Peeperkorn, el famoso personaje de un libro leído hace décadas? ¿O Peter Gaspar, apodado Mynheer en el café literario balcánico y socialista? Ya nada era seguro, sólo las estanterías que tenía delante y las de su mente. El único texto que había publicado el joven Gaspar en los años de «felicidad legislada», como acostumbraba a llamar al paraíso en el que había vivido, se titulaba Mynheer. La historia del apodo era inconsistente y extraña, el azar se había hecho cómplice de la biblioteca. ¿Cómo había encontrado Peter Gaspar el número del profesor Augustin Gora, desaparecido en el gran Estados Unidos?
—¿Dónde estás? ¿Has llegado aquí, al otro mundo?
El espectro lo confirma: sí, había llegado tiempo atrás a la Universidad de Nueva York, con una beca de doctorado.
—¿Doctorado? ¿En arquitectura? ¿Pero no eras...?
—No, no era arquitecto. Sólo aparejador. En tercero de carrera, cuando volvieron a detener a mi padre, me expulsaron. Tres años en la universidad equivalían a una escuela técnica de arquitectura. "



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