La lluvia antes de caer (fragmento)Jonathan Coe

La lluvia antes de caer (fragmento)

"No puedo decir que les tuviese mucho cariño a los hijos pequeños de Beatrix. No es que se les pudiera poner ninguna pega; pero, al mismo tiempo, tampoco tenían nada de extraordinario, y me temo que, por culpa de alguna carencia mía, nunca he disfrutado más que de la compañía de niños excepcionales. No estoy hablando de coeficiente intelectual ni de indicios de ser un genio de la música, sino de su aspecto, de cómo hablan, de su sentido del humor, de cierta especie de energía y vitalidad que se da en algunos niños y por las que te alegras de tenerlos alrededor. Tu madre poseía esas cualidades de sobra; eso ya lo había descubierto en aquellos años (aquellos años tan especiales) en los que Rebecca y yo tuvimos la suerte de tenerla viviendo con nosotras. Joseph y Alice no, me temo. Para empezar no eran muy monos; cosa rara, pensando que sus padres eran guapos los dos. Como se ve en la foto, Joseph tenía un cutis muy pálido (pálido y con manchas, por decirlo claro), así que solía tener mala cara, como si siempre estuviera a punto de caer enfermo. En esta foto tiene cara de preocupación, y así es como lo recuerdo. Parecía que vivía su vida en un estado permanente de angustia que rozaba las lágrimas, aunque no creo que se la provocara ningún gran problema existencial (algunos niños, ya sabes, se pueden obsesionar mucho con esas cosas), sino cuestiones más simples, como de dónde iba a venir el siguiente regalo. Siempre andaba alicaído si alguien no le estaba encima, dándole mimos y haciéndole caso. Por la expresión de profunda tristeza que tiene aquí, sentado con el torso desnudo y su bañador azul marino, y los hombros metidos para defenderse del frío o quizás del mundo en general, casi apostaría que llevaba por lo menos cinco minutos sin comerse un helado, y no le hacía ninguna gracia. ¿Qué edad tendría en ese momento? Casi siete, diría yo, y Alice era un par de años más pequeña, así que ella tendría cinco. Es un poquito más guapa. Tiene el pelo rubio, totalmente liso, casi por los hombros. Lleva un traje de baño con un escote en V, adornado en la punta con una solitaria flor blanca en forma de margarita. Se agarra fuerte con las manos a la tarima como si le diera miedo caerse, y parece un poco enfadada por algo, pero puede que sólo sea que el sol le hace guiñar los ojos. A lo mejor acababa de pelearse con Joseph; siempre estaban peleándose por las cosas más tontas y más pesadas que te puedas imaginar; normalmente, por dónde sentarse. Se peleaban por dónde sentarse en el cine o en el circo, en la esterilla del picnic o hasta en el asiento de atrás del coche. Disputas territoriales estúpidas que no se terminaban nunca. Se podía entender toda la triste historia de las guerras de la humanidad con sólo observarlos media hora. Era agotador. Ni Beatrix ni yo llevamos traje de baño, a pesar de que fue un buen verano, me acuerdo, y nos bañamos bastantes veces en aquella playa. Pero ese día, por lo visto, no. Yo llevo una blusa blanca de manga corta y unos pantalones cortos caquis que me llegan casi hasta las rodillas. El conjunto lo completan un par de robustas sandalias de cuero, abiertas por delante, que dejan ver que, al revés que Beatrix, no solía pintarme las uñas de los pies. Las suyas están pintadas, inexplicable y sorprendentemente, de verde. Está descalza, y lleva un vaporoso vestido de verano, verde y amarillo claro; un vestido sin mangas con un escote de vértigo. Muy glamurosa ella, la verdad. Así vestida, y andando por la calle principal de Milford on Sea, ¡debía de hacer que la gente volviera la cabeza! A su lado, yo parezco muy corrientita. Creo que, si me hubiera cortado un poco más el pelo en esa época, me habrían confundido con una skin- head. "


El Poder de la Palabra
epdlp.com