Dog Soldiers (fragmento)Robert Stone

Dog Soldiers (fragmento)

"Cuando estaba oscureciendo, hubo un momento de llovizna, una especie de neblina húmeda entre el chaparrón de la tarde y el de la noche. Converse cargaba con el maletín entre la multitud que se apresuraba al atardecer por Le Loi, andando con la mayor normalidad que podía. El peso de la cartera le estaba haciendo sudar incluso más de lo habitual y le dolía el hombro debido al esfuerzo por mantener la postura.
Aquélla era una ciudad de mirones. Los chaperos sentados en los cafés abiertos se fijaban en él, sin perder de vista el maletín. Ya no se molestaban en acercarse; su cara se había hecho conocida en el centro. Su barato reloj japonés era famoso en toda la ciudad, y los limpiabotas, incapaces de distinguir una cara de ojos redondos de otra, lo reconocían por su brillante pulsera metálica. Era un Number Ten. Su falta de distinción hacía que a veces lo insultaran por la calle, pero nadie intentó quitárselo nunca.
El reloj era un talismán contra los ladrones callejeros. En todo el tiempo que llevaba en Saigón sólo le habían robado una vez en la calle, mientras que a otras personas que conocía les robaban dos veces por semana. Cerca de un año antes, había perdido un maletín en un todoterreno conducido por un coreano y, como resultado, éste se había hecho con una colección de obras de Saint-Exupéry y un ejemplar de Zap Comix. En opinión de Converse, la idea del soldado coreano leyendo un Zap Comix había hecho que mereciera la pena perder la cartera.
Enfrente del mercado de flores, se hundió en la enloquecida circulación de Le Loi, intentando parecer indolente y desinteresado. Era necesario aparentar que una buena suerte innata lo hacía a uno invulnerable. La historia había hecho que los de Saigón creyeran mucho en la suerte. Las personas con pinta de desgraciadas les inquietaban, e incluso tentaban a algunos a ejercer ellos mismos de enviados de la mala fortuna. Era algo tan malo como parecer cómico.
Al otro extremo de la calle, el conductor de un ciclotaxi y un miembro de las fuerzas especiales del ejército norteamericano habían entablado una discusión. El de las fuerzas especiales frotaba el índice y el pulgar bajo la nariz del conductor del ciclotaxi y maldecía en italiano. El conductor, abriendo mucho los ojos, hacía demostraciones de golpes de taichí, zigzagueando y bailando en la acera. Tenía gran éxito entre los que pasaban. La gente aplaudía y se reía. Los movimientos de su pantomima eran los conocidos como Rechazar al Mono.
El hotel Coligny, donde vivía Converse, estaba justo pasado el mercado de flores, lo que permitía a sus huéspedes más optimistas bajar la escalera todas las mañanas para comprar ramas de ponciana y rosas recién cortadas con las que adornar su habitación. El corresponsal holandés de la habitación contigua a la de Converse lo hacía de manera regular. El holandés siempre estaba colocado, y le gustaban tanto las flores que una vez le había dado por ponerse una diadema de caléndulas en su largo pelo rubio. Un día unos vaqueros callejeros le tiraron en broma una granada de mano sin carga. Las flores le habían hecho parecer un tipo con mala suerte.
Cuando Converse entró en el pequeño y oscuro vestíbulo, Madame Colletti, la patronesse, una joven dama vietnamita de una belleza exquisita, lo miró con desconfianza y antipatía. Miraba a todo el mundo de ese modo. "



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