La ópera flotante (fragmento)John Barth

La ópera flotante (fragmento)

"Hice una pausa en el puente del arroyo para pensarlo. A fin de enfocar el problema, saqué de mi cartera la carta de Eustacia Callader, y del bolsillo de mi chaqueta la nota para Jimmy Andrews, y las puse ante mí en la barandilla del puente. O tenía que colocar la carta de Eustacia en mi escritorio, donde Jimmy recibiría instrucciones de encontrarla, o debía arrojar ambos documentos al arroyo, donde grandes gaviotas obesas se alimentaban ociosamente de percas muertas por la polución de las fábricas de envasado. El primer curso de acción resultaría en la demanda de Jimmy en nombre de Harrison contra Elizabeth Sweetman Mack, acusándola de que al permitir que su jardinero R. J. Collier arrojara el contenido de las setenta y dos botellas de pepinos en los rascamoños enfermos, había dispuesto de una porción de la herencia de Mack de la que no tenía más derecho a disponer que de los tres millones de dólares. El juicio serviría para demorar la audiencia de mi apelación sobre la resolución del Tribunal del Distrito (de que se ejecutara el testamento a favor de la señora Mack) hasta después de que Joseph Singer hubiera reemplazado a Rollo Moore en el Tribunal de Apelaciones. Entonces Jimmy anularía el juicio y elevaría nuestra apelación: por las razones explicadas en el capítulo X, era casi seguro que la decisión del tribunal inferior sería anulada y Harrison conseguiría la herencia. Si, por otro lado, yo decidía tirar ambas cartas a las aguas, entonces habría muy pocas posibilidades de que el Tribunal de Apelaciones hiciera otra cosa que confirmar la decisión apelada.
Recordarás aquella mañana en que decidí que la base para mi actuación tendría que ser la fortaleza de Harrison y de Jane; específicamente, si tenía la fortaleza necesaria para que no les importase, salvo de modo superficial, si conseguían el dinero o el estiércol. Y debo confesar que la nota matinal de Jane y el diálogo durante el almuerzo con Harrison me inclinaron a su favor.
Para la tarde, aunque no tenía cabal conciencia en el momento, más o menos había resuelto dejar que el factor determinante fuera la respuesta de Jane a mi nota de primera hora de la mañana, ahora que había satisfecho su exigencia de que fuera a consultar a Marvin. Si elegía hacer del capitán Osborn el viejo sátiro más feliz del país, yo la transformaría en la mujer más rica del lugar; y si se sentía tan furiosa y herida por mi propuesta como lo había estado Harrison por el incidente en mi despacho en 1933, yo destruiría ambas cartas.
Pero Jane había anulado este curso de acción al elegir un tercero, uno muy difícil de evaluar. No había estado ni furiosa ni herida ni se había sentido obligada a llevar a cabo su parte de la transacción. Simplemente se había reído de todo el asunto. ¿Era esto prueba de un parecer obtuso, de insinceridad, o de una fortaleza verdadera y formidable? De hecho, yo ya no sabía cómo sentirme acerca de los Mack ni si sus nuevas ilusiones representaban un sentimentalismo vulgar o una extraña integridad. No tenía ninguna opinión sobre ellos.
En consecuencia, después de inhalar profundamente el aire fétido del arroyo durante varios minutos, elegí una nueva base para la decisión: cogí una moneda del bolsillo, la arrojé al aire, la cogí y la puse sobre las cartas. Cara, las conservaba; cruz, caían al arroyo.
Mi mano descubrió el viejo búfalo de lomo huesudo y de rabo encrespado. Pese a ello, recogí las cartas, las metí en el buzón de la esquina de las calles Academy, Markey y Muse, al lado del puente, y puse la otra sobre mi escritorio cuando llegué al hotel. Harrison había sobrevivido a una doble posibilidad: que la moneda exigiera la destrucción de las cartas y que yo me permitiera, como agente libre, ser dirigido por una moneda miserable. Entonces, digamos que distraído, silbé alguna que otra melodía tan aliviado como debió haberlo estado Sócrates cuando, etcétera. "



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