Olive Kitteridge (fragmento)Elizabeth Strout

Olive Kitteridge (fragmento)

"Lo había visto por primera vez en un pleno municipal, celebrado en el gimnasio del instituto. Ella y Henry estaban sentados en sillas plegables en la parte de atrás y él se encontraba de pie junto a las gradas, cerca de la puerta. Era alto con los ojos hundidos bajo las pobladas cejas, los labios finos: un cierto tipo de rostro irlandés. Los ojos no amenazadores, exactamente, sino muy serios, mirándola con seriedad. Había tenido la sensación de que ya se conocían, pese a saber que era la primera vez que lo veía. Durante esa noche, se habían mirado en varias ocasiones.
Al salir, alguien los presentó y ella supo que había llegado de West Annett, donde enseñaba en la academia del pueblo. Se había trasladado con su familia porque necesitaban más espacio y ahora vivía junto a la granja de los Robinson. Seis hijos. Católico. Era altísimo y, mientras los presentaron, pareció conducirse con una cierta timidez, bajando ligeramente la cabeza con deferencia, sobre todo cuando estrechó la mano a Henry, como si ya se estuviera disculpando por despojar a aquel hombre del afecto de su mujer. A Henry, que no tenía ni idea.
Cuando Olive salió del instituto aquella noche de invierno para dirigirse con Henry al alejado aparcamiento donde estaba el coche, tuvo la sensación, mientras él le hablaba, de que la habían visto. Y ni tan siquiera había sabido que se sentía invisible.
El otoño siguiente, Jim O’Casey dejó su empleo en la academia y comenzó a enseñar en el mismo instituto que Olive, el instituto al que iba Christopher, y todas las mañanas, porque le venía de paso, los llevaba en coche a los dos y los traía de vuelta a casa. Olive tenía cuarenta y cuatro años y él cincuenta y tres. Por entonces ella se consideraba casi vieja, pero, naturalmente, no lo era. Era alta y el peso que acompañaba a la menopausia solo había comenzado a presagiarse, con lo cual, a sus cuarenta y cuatro años, era una mujer alta y recia. Y, sin una sola señal de advertencia, como un enorme camión silencioso que hubiera aparecido de improviso a sus espaldas mientras paseaba por una carretera secundaria, Olive Kitteridge se había visto arrollada por la fuerza del amor.
[...]
No se habían besado nunca, ni tocado siquiera, solo habían pasado uno muy cerca del otro cuando entraban en el despacho de Jim, un minúsculo cubículo contiguo a la biblioteca —evitaban la sala de profesores—. Pero, después de que él le dijo eso aquel día, ella vivió con una suerte de horror y un anhelo que a veces se le hacía insoportable. Pero la gente soporta las cosas.
Había noches en que no se dormía hasta la mañana; en que el cielo clareaba y los pájaros cantaban, y su cuerpo yacía aflojado en la cama y —pese al miedo y pavor que la embargaban— ella no podía detener aquella insensata felicidad. Después de una noche así, un sábado, se había quedado despierta e inquieta en la cama y luego se había dormido de golpe; un sueño tan profundo que, cuando sonó el teléfono junto a su cama, no sabía dónde estaba. Y entonces oyó que cogían el teléfono, y a Henry diciendo, en voz baja: «Ollie, ha pasado una cosa espantosa. Jim O’Casey se salió de la carretera anoche y se empotró contra un árbol. "



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