Las brujas de Barahona (fragmento)Domingo Miras

Las brujas de Barahona (fragmento)

"Se desvanece apenas una parte de la oscuridad con la llama de un candil que sólo se alumbra a sí mismo. Escasamente visibles, duermen en su pobre cama los esposos Pedro Barbero y Catalina Martínez. El sueño de la mujer es inquieto, perturbado por movimientos, quejas y gemidos. El marido ronca. Aúlla el viento por los altos, y afila su silbo en la chimenea. Repentinamente, se deja oír por las techumbres un maullido tremendo; otro gato contesta, y estalla la trifulca. Se les oye golpear las tejas, lanzando unos irritados alaridos, casi humanos. Silencio repentino, que rompe de inmediato el llanto de un niño pequeño. Un llanto terrible, exigente, rabioso. El hombre, que masculló dormido durante el concierto gatuno, lo hace ahora más alto y colérico, para acabar con un rugido.
Pedro.- ¡Que se calle! Haz que se calle, voto a Dios! (La mujer gime, gruñe y maldice entre dientes. Rebulle en la cama, respirando hondo. El llanto infantil se entrecorta y cesa. Se oye a la mujer respirar con esfuerzo, y el candil parpadea. Se repite el primer maullido, largo y ominoso, interminable. Apenas finaliza, estalla un coro de risotadas cascadas y contenidas; parloteos ininteligibles a media voz, salpicados de risas; se oyen al principio en el tejado, pero después lo llenan todo. Se apaga el candil y se perciben sombras que cruzan en todas direcciones, aumentando los ruidos. De nuevo prorrumpe el coro de carcajadas, ahora altas y fuertes, y la mujer da un terrible alarido, haciéndose el silencio, mientras ella zarandea a su marido.)
Catalina.- ¡Pedro! ¡Pedro, están aquí las brujas! ¡Las he visto!
Pedro.- Tápate la cabeza.
Catalina.- ¡No, eso no, que nos pueden hacer algo! ¡Levántate, enciende la luz!
Pedro.- ¡No se ve nada! ¡No hay nadie, no se ve nada!
Catalina.- ¡Antes las he visto que corrían por aquí! ¡Entraron por la chimenea y llenaron la casa!
Pedro.- Pues no están. Si entraron, se han ido. Tápate la cabeza y duerme.
Catalina.- ¡Enciende la luz, Pedro! Estaban fuera, y entraron cuando se apagó el candil.
Pedro.- Pueden estar agazapadas por aquí. ¿Cómo está la criatura?
Catalina.- No sé, no rebulle nada. ¡Ay, Virgen! ¡Pedro!
Pedro.- ¿Qué tiene, qué es?
Catalina.- ¡Enciende la luz, que nos la han muerto!
Pedro.- ¡Menéala, deja! ¡Despiértala!
Catalina.- ¡Enciende la luz, enciende la luz! ¡Ay! ¡Ay, Virgen Santísima! ¡Ay, Jesucristo! ¡Ay, mi niña, mi niña!
Pedro.-(Saltando de la cama.) ¡Malditas hijas de Satanás! ¡Pestilencia del Infierno!
Catalina.- ¡Ay, mi hijita! ¡Ay! Enciende la luz, que la veamos, que ya está fría. ¡Ay, ay!
Pedro.- ¿Estáis aquí todavía? ¿Os habéis ido ya, o estáis escondidas? ¡Salid que os vea, perras rabiosas!
Catalina.- ¡Ay, calla, no te maleficien a ti o te hagan otra desgracia!
Pedro.- (Sacando chispas del pedernal.) ¡Arredro vayáis! ¡Arredro brujas! ¡Ya nos veremos!
Catalina.- ¿Pero enciendes, o no enciendes?
Pedro.- ¡Enciendo, enciendo, maldita sea la madre que me echó al mundo!
Catalina.- ¡Por qué has tenido que ser tú, niña mía! ¡Por qué has tenido que ser tú! ¡Por qué te ha tocado a ti, entre tantas como hay!
Pedro.- (Prendiendo la llama.) ¿Y tú, a qué esperabas? ¿Por qué no me despertaste al punto que las viste?
Catalina.- Si te desperté, que me costó lo mío, borracho. Trae, trae ese candil. (Se incorpora y, con la criatura en los brazos, sale al encuentro del encendido candil que acerca su marido. Le basta un vistazo para alzar el grito a voz en cuello.) ¡Aaayy! ¡Hija de mis entrañas! ¡Hija mía! ¡Aaaay!
Pedro.- Pudiera no estar del todo muerta. A veces no les da tiempo de rematar sus fechorías. "



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