Plaga de palomas (fragmento)Louise Erdrich

Plaga de palomas (fragmento)

"Y así fue como acabé trabajando en el cementerio de Pluto. Para que mi mentira no fuera descubierta, al día siguiente me presenté allí con la esperanza de conseguir un empleo. Me contrató un hombre llamado Gottschalk, que había trabajado allí casi toda su vida. Las paredes de su pequeño despacho estaban cubiertas de recortes de periódicos y obituarios. Había dibujado un plano del cementerio y sabía todo de cada persona enterrada allí: cuándo habían llegado al pueblo y qué habían hecho, qué había llevado a la familia a elegir esa particular lápida o panteón, cuáles habían sido la causa y el momento de la muerte y qué propiedades habían legado. Mi abuelo Coutts ya estaba sepultado allí y su tumba aparecía señalizada con un enorme obelisco de piedra caliza con las siguientes palabras grabadas en la base: «Qui finem vital extremum inter munera ponat naturae». Es tan natural morir como nacer. Había un hueco a su lado para su esposa. Pero la mujer se había vuelto a casar y no lo había utilizado. También yacía allí mi padre, con una bonita lápida negra lo suficientemente ancha como para dos personas. También él era aficionado a las citas, aunque no en latín. Le gustaba Thoreau (tal vez por eso se quedó en Dakota del Norte) y odiaba cualquier tipo de frivolidad. «Benditos sean aquellos que nunca han leído un periódico, pues verán la naturaleza y, a través de ella, a Dios.» Mi madre había grabado ya su nombre junto al suyo, así como su fecha de nacimiento. Había dejado un espacio en blanco para la fecha de defunción, algo que a mí me disgustaba pero que a ella la reconfortaba.
Gottschalk me señaló un hueco adicional y comentó que mi abuelo había adquirido una parcela amplia para toda la familia. Había sitio para mí y mi esposa, incluso para un par de hijos. En aquel momento parecía algo lejano e irrisorio, pero con el paso del tiempo me siento cada vez más agradecido de que aquellos espacios junto a mis antepasados permanezcan vacíos, a la espera. También he pensado en Geraldine y me he preguntado si consentirá en ser enterrada a mi lado, pero todavía no he tenido el valor de preguntárselo.
Tenía diecisiete años cuando empecé a cavar tumbas para los muertos de Pluto. Tomaba las medidas con una cuerda y luego utilizaba cuatro estacas para tiendas de campaña para sujetar la soga y formar un rectángulo. Más tarde, compramos un rodillo de tiza, del mismo tipo que se utiliza en los institutos para dibujar los campos de fútbol. Cortaba el césped en secciones, lo despegaba como quien arranca una cabellera y depositaba los cuadrados sobre un trozo de arpillera húmeda. Utilizaba una excavadora que parecía de juguete y terminaba las tumbas a mano con una pala. Después del entierro, cubría los ataúdes de tierra, formando un montículo de modo que el suelo no se hundiera una vez que la tierra se asentara. También cortaba el césped con un cortacésped caprichoso y aprendí a podar los árboles para que crecieran de una forma elegante y natural. Aprendí a mantener los archivos de defunciones en orden y, al cabo de un tiempo, conocía el mapa del cementerio tan bien como Gottschalk. Podía guiar sin dificultad a la gente cuando necesitaban ayuda para encontrar a algún familiar o deseaban ver el monumento conmemorativo de guerra, las ornamentadas cruces de hierro rusas o las sencillas y corrientes piedras del campo que señalaban las tumbas de una familia que había sido asesinada aquí hacía mucho tiempo.
En principio, sólo iba a tratarse de un trabajo de verano antes de que empezara la universidad. Pero una vez que comencé a mantener relaciones sexuales con C. no pude renunciar al sexo ni dejarla a ella ni abandonar el pueblo. Además, una vez que empecé a pasar los días junto a los muertos, me acostumbré a la paz, tal y como me había advertido Gottschalk. Incluso me puse a añadir recortes de periódicos a los suyos, de personas, lugares o acontecimientos interesantes. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com