El hombre, la hembra y el hambre (fragmento)Daína Chaviano

El hombre, la hembra y el hambre (fragmento)

"Porque, eso sí, la ciudad estaba llena de callejones. Anduvo unos metros, sin dejar de rozar con su mano el muro, como había hecho antes en La Punta. Claro, esta vez lo hacía por necesidad, para no perderse. A su izquierda se extendía un gran espacio de terreno virgen, pedregoso y enlodado, y más allá se adivinaba la silueta de las casas. De vez en cuando advertía una lucecilla fugaz, como un fuego fatuo, que se movía dentro de alguna vivienda; y voces lejanas, gente cantando o pregonando, no podía saberlo con certeza.
Si sus cálculos no la engañaban, debía de estar casi frente a la iglesia del Santo Ángel Custodio, si es que ya no la había pasado; pero el templo seguía sin aparecer. Eso sí, creyó distinguir la silueta de un campanario. Sin embargo, sus contornos no mostraban las conocidas torretas neogóticas que habían sido el sello de su fachada desde mediados del siglo XIX, cuando se la había reconstruido tras el paso de un huracán. Por primera vez, Claudia se preguntó cómo habría sido la arquitectura original del Ángel.
Siguiendo un impulso súbito, se separó del muro para acercarse a la iglesia. Allí debió de estar la esquina a Cuarteles que llevaba a la Loma del Ángel, pero no vio ni una ni otra. En lugar de la calle había una especie de huerta o solar y, al otro lado, en la punta de una colina, un templo desconocido rodeado por un recinto de piedras con almenas. ¡Dios! ¿Dónde estaba metida? Junto a la iglesia se distinguían algunas casas de piedra y muchos solares yermos; aquí y allá varias chozas: nada que pudiera ser su Habana. Lo más inquietante era la ausencia de seres vivos; ni siquiera perros o gatos que deambularan por los solares.
Una de las veces se atrevió a abandonar la vía fangosa a lo largo de la muralla para adentrarse por uno de aquellos senderos. De haber estado en su ciudad, aquel tramo habría correspondido a la calle Empedrado. Luego de avanzar unas cuatro o cinco cuadras por ella, se llevó una sorpresa mayúscula. De la sorpresa pasó a la sospecha; y de la sospecha, al terror. Por primera vez desde que se perdiera en aquel laberinto sus pies no chapoteaban en el fango. ¿Era casualidad que aquélla fuese la única calle cubierta por esas piedras redondas de río que en Cuba se llamaban chinas pelonas? Regresó sobre sus pasos. Por el momento la muralla era su único punto de referencia. Si había caído donde imaginaba, sólo esa construcción le serviría de guía. La siguiente calle apenas se adentraba dos cuadras a partir del descampado, pero era bruscamente interrumpida por el alto muro de una construcción. Si la calle anterior hubiera sido Empedrado, ésta debía ser Progreso; pero Progreso corría sin obstáculos hasta convertirse en San Juan de Dios. ¿Por qué estaba cerrada?
Los ecos de unos pasos interrumpieron sus pensamientos. Se pegó contra una pared y vio pasar dos sombras que se le antojaron mujeres enfundadas en hábitos religiosos. Aquella visión se precipitó sobre su memoria como un maremoto. "



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