El sueño de Whitman (fragmento)José Luis Ferris

El sueño de Whitman (fragmento)

"Apenas se quedó solo, Olalla Ventura se acomodó en la butaca, dejó el informe sobre la mesa y se limitó a mirar a su alrededor. Nada parecía atraer especialmente su interés. A la derecha, tras la puerta de entrada, había algunas prendas de abrigo colgadas de un perchero. Sobre el escritorio, la caótica disposición de las carpetas y de algunos documentos delataba los efectos de un registro, de un trámite justificado por las investigaciones llevadas a cabo tras el accidente de Zaldívar. El resto de objetos dispersos por la estancia, en los anaqueles de la librería y sobre la mesa que había ante a él, eran principalmente recuerdos, distinciones, placas y pequeños trofeos con el nombre del coronel grabado sobre una chapa de metal junto al agradecimiento y la rúbrica de alguna asociación cultural y folklórica, cofradía, congregación o federación deportiva. Tras saciar aquel primer golpe de curiosidad, se animó a abrir el informe y comenzó a leer sin demasiado entusiasmo, haciendo pequeños esfuerzos por concentrase en aquellos folios mecanografiados unos días atrás por algún eficiente lacayo de Reinosa y debidamente firmado por el Jefe del Territorio y el Juez Instructor. Mientras avanzaba en la lectura, sobre la mera superficie de las palabras, su mano derecha jugaba, sin ninguna inocencia, con el pomo del primer cajón de la mesa. Acariciaba el tirador, la esfera fría y metálica con la falsa indiferencia de un gesto instintivo, pero al cabo de unos minutos, cuando el silencio se hizo más elocuente, tiró lentamente de él y comprobó que el receptáculo se abría sin ninguna resistencia. No halló nada que mereciera su atención, sólo material de oficina, sellos de caucho, un par de estilográficas, varios tinteros, cuartillas y cintas de recambio para la Adler que descansaba sobre un extremo del escritorio. Tras manosear un estuche alargado que extrajo del fondo, descubrió un pequeño arsenal de objetos inservibles, de monedas antiguas, insignias, timbres de correo y dos llaves diminutas e iguales. Esta vez no se anduvo con rodeos. El militar cogió una de ellas y la probó sobre la cerradura que bloqueaba los cajones inferiores. Nadie la había forzado, por lo que dedujo que quienes realizaron la inspección tuvieron la cortesía y el cuidado de devolver aquellas llaves a su lugar una vez concluido el registro. Parecía muy seguro de estar abriendo un espacio prohibido, un lugar hasta hace nada secreto, y se entregó con apremio a revisar, uno a uno, los legajos y la correspondencia que encontró perfectamente ordenada en el segundo cajón. No tardó en comprobar que el contenido de aquellos documentos ilustraba con lujo de detalles la progresiva carrera del coronel, sus contactos, la estrategia empleada para ganarse la confianza y el favor de sus superiores, para desacreditar y hundir a un adversario, pero, sobre todo, encontró entre aquellos papeles información confidencial acerca de oficiales y suboficiales del entorno de Zaldívar, anotaciones escritas de su puño y letra que delataban una obsesiva aversión y un afán injustificadamente destructivo que, en cierto modo, salpicaban al propio Olalla y le remitían a episodios ya borrados de su memoria. En el tercer cajón, bajo un ancho cartapacio que cubría por entero su cavidad y disimulaba un doble fondo, encontró la prueba definitiva de esa infamia que, pese a las evidencias que se iban revelando ante él, se negaba ingenuamente a aceptar. Lo primero que derribó sus convicciones fue el diario de guerra del coronel. Allí, en unas cuartillas mecanografiadas al hilo de los acontecimientos, de las circunstancias, en el fragor de las horas y los años de contienda, las confesiones de Zaldívar podían estremecer a la criatura más indolente. Le bastó con leer algunas de sus páginas, tomadas al azar, para descubrir el engaño y asumir sin remedio el doble juego de ese hombre a quien había entregado su confianza durante años. Olalla Ventura se enfrentaba ahora a un pasado distinto, a una realidad diferente y mezquina, a unos hechos que comenzaba a ver desde el ángulo insólito de la venganza, de la impiedad y acaso de la locura. "


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