Cuando la noche obliga (fragmento) Montero Glez

Cuando la noche obliga (fragmento)

"Lo que verdaderamente nos importa es que estamos a finales de agosto y que hay trajín en los andenes de la estación de Atocha. Y que suena un teléfono móvil que nadie coge. Es la musiquilla de un tango que suena como tocado con sordina, pichita. Se trata de un teléfono móvil en el interior de un bolso imitación leopardo. La mujer que lo gasta así de discreto nació hombre y ya la conocemos, pues es la pareja del Ginesito, y su peluca rubia se eleva unos palmos por encima del gentío. Camina subida a los pedestales de sus botas; caña alta y piel atigrada, a juego con el bolso. Para cualquier otra persona sería difícil mantener el equilibrio, pero ella lo tiene muy ensayado. Adelanta primero un pie y luego el otro, igual que si anduviese sobre una cuerda floja; la línea imaginaria de un ejercicio de falso funambulismo, más difícil todavía, pues a su vez empuja el movimiento de caderas con mucha cachondería. El Ginesito va por delante, abriéndose paso entre las gentes que pueblan los andenes. La multitud está allí sin otro motivo aparente que el de despedir a sus familiares. El Ginesito se abre paso a codazos y sigue al viajero, cada vez más pequeño, el macuto al hombro y apurado por encontrar su vagón. Entretanto el jefe de estación pelea con las gentes que ocupan los andenes. «Guarden sus pañuelos blancos y quédense detrás de la garita de entrada», les dice. Por megafonía son más contundentes. «Atención, atención, desalojen el andén o se arrepentirán. Todo el que no lleve billete desaloje andén dirección a Cádiz.» La gente no hacía ni puto caso, pichita, cada vez eran más los que se apretujaban unos contra otros en el apeadero. «De seguir haciendo caso omiso a nuestras instrucciones llamaremos a las fuerzas de seguridad y todos los secretas de la zona mostrarán su placa», muy cordial apunta el jefe de estación, que acababa de entrar en el cargo y al que toman a chufla, total, pichita, que al final se monta la de San Quintín. De debajo de las piedras empiezan a brotar policías y a desalojar el andén a mandobles. Primero pegan, luego piden los billetes. El viajero es testigo desde el vagón, acomodado ya en su asiento. Uuufff, es lo único que dice. Está de suerte, pichita.
Menos suerte correrá el Ginesito, al que un policía le clavó una rodilla en la espalda. Emitió algo así como «Uuuuuuaajj». Su compañera decidió acatar órdenes y, sumisa, volver sobre sus pasos. Hubo un momento en que se le cayó una de las pestañas postizas al suelo y se agachó a recogerla. Entonces alineó las piernas y encabritó las nalgas. Y fue cuando uno de los policías arrimó la porra, pero la cosa no llegó a mayores y cada uno siguió su camino. Una vez más tranquilos y una vez que reflexionaron sobre la estrategia a seguir, el Ginesito y su compañera se acercaron hasta las ventanillas, donde se informan. Efectúa paradas en Ciudad Real, Puertollano, Córdoba, Santa Justa, Jerez, el Puerto, San Fernando y Cádiz. Así se lo dijo una de la RENFE, pero eso es lo de menos ahora, pichita. Lo de más es que el travestido de la peluca rubia y las botas de leopardo ha decidido coger el teléfono, en el fondo de su bolso. Recuerda que en todo este tiempo no ha parado de sonar con su música de tango. Es un cliente, un rodríguez a juzgar por la voz y el tipo de servicio, uno a domicilio. Su voz suena como si estuviese hablando desde la taza del váter. Hay interferencias. Prreee, preee. Parece ser que el cliente pide datos y que el travestido se los da, de carrerilla, alterándose unos centímetros la entrepierna y el pecho y quitándose años. Prreee, prreee. El Ginesito tiembla en un ataque que se le agarra a los cuernos. Y frente a las taquillas empieza una disputa que finaliza con el teléfono móvil hecho añicos en la vía del tren. Después de unos pocos reproches y unos cuantos juegos florales, se besaron y volvieron a la calle San Bernardo a recoger el coche, un Renault Cinco Triana de hace la pila de años, ya sabes, pichita. Y decidieron hacerse la línea de coca que todavía les quedaba de la noche y hacerse también la línea de tren, dirección Cádiz y efectuando la consiguiente parada en cada uno de los puntos en que el tren la efectuaba, por si, de estas cosas, quedaban asientos libres y podían seguir de cerca al viajero. Así llegaron a Ciudad Real, a Córdoba y a Santa Justa, sin apartar los ojos de la línea blanca que ondeaba en el centro de la carretera, culpa del calor. Y fue en el Puerto de Santa María donde se quedó un asiento libre. Y empezaron las disputas. Y como no se pusieron de acuerdo sobre quién subiría y quién conduciría, pues el tren salió y el Ginesito y su acompañante siguieron la ruta en el Renault Cinco. Mientras tanto el viajero iba en segunda, fumador, liándose cigarrillos y contemplando el paisaje, pero inquieto. A medida que se acercaba sentía que los latidos de su corazón agitaban sus huesos más intensamente que el traqueteo del tren. De vez en vez, se incorporaba de su asiento y se metía al retrete a estudiar el mapa. Esto debe de ser Vejer, Bekkeh, un pueblo moruno que se alza sobre una montaña y que por la noche, iluminadas las ventanas, pareciese que es allí donde se refugian las hadas. "



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