Capricho (fragmento)Almudena de Arteaga

Capricho (fragmento)

"Pasaron los días después de la sonada celebración y, como siempre ha sido, pronto se demostró que la sutileza de la palabra es una arma mucho más difícil de esgrimir que la intimidación. La inmensa mayoría empezaba a perder la paciencia al no entender muy bien el porqué de la apática posición del nuevo gobierno frente a la ocupación francesa. Fue aquello precisamente lo que dio pie a los más violentos para prejuzgar, condenar y ejecutar a más de un indefenso en lo que dura un fugaz encuentro.
Con el paso de los días, aquellos esporádicos tumultos se fueron recrudeciendo, sobre todo desde que se hizo pública la noticia de que a Godoy lo trasladaban de Villaviciosa a Bayona, donde se reuniría con los reyes, que le esperaban junto a la Tudó, los hijos que con ésta tuvo y su hija Carlota.
Se rumoreaba que don Carlos y doña María Luisa habían elegido Francia como destierro para poder reunirse con Napoleón y convencerle de que abdicaron obligados por el temor a perder la vida. Quizá estuviesen pensando en pedirle ayuda para recuperar el trono.
Por otro lado, se sucedían las jornadas y el rey Fernando, viendo invadida España entera de regimientos franceses, se limitaba a templar gaitas sin llegar a ser todo lo contumaz que muchos hubiésemos deseado. ¿Cuánto tardarían los gabachos en llegar a las puertas de Madrid? Murat llevaba días en los reales sitios de Aranjuez sin haber encontrado resistencia alguna, y nadie ignoraba que él había sido el verdadero libertador de Godoy.
¿Qué era lo que estaba pasando? ¿Por qué mientras parte de Europa se resistía por las armas a ser pisados por la bota de Napoleón, nosotros le tendíamos una alfombra de vergonzosas pleitesías? ¿Qué imagen estábamos dando al mundo?
Cuando expuse mis quejas al respecto a los más cercanos al rey, me rogaron paciencia, asegurándome que don Fernando estaba en ello y que sólo necesitaba algún tiempo para asentarse y tomar el dominio de la situación.
En ésas estaba yo, esperando como media España y perdiendo por días la paciencia, cuando mi mayordomo me anunció que María Teresa había venido a verme. Me sorprendí, ya que no había vuelto a encontrármela desde el día del motín, y, cuando la tuve delante, no le hizo falta musitar palabra alguna para demostrarme que era otra mujer la que, en efecto, frente a mí estaba: la quejumbrosa plañidera de siempre había desaparecido y, al parecer, junto a su marido e hija también se habían ido la languidez, la inseguridad y la tristeza que tanto la caracterizaban. "



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