La juventud de Madame de Longueville... (fragmento)Victor Cousin

La juventud de Madame de Longueville... (fragmento)

"Incluso después de su conversación y una vez que ella había renunciado por completo al mundo, conservó una parte de su belleza; y un caballero de mundo la vio en ese momento en casa de su hermano, Príncipe de Condé, y declaró que el paso de la edad apenas se manifestaba en ella; que con su piedad, candor, modestia y dulzura, ennoblecidos por su aire de dignidad, era capaz en este período de resultar agradable como siempre.
Al describir a la persona de Madame de Longueville, nos hallamos en la tesitura de trazar el carácter de su mente y de su alma.
Su mente ha sido homenajeada por los más delicados expertos. Hemos sido testigos de que La Rochefoucauld, Retz, y Madame de Motteville la alaban tanto como su belleza. Retz nos insta en particular a fijarnos en el hecho de que su mente le debe todo a la naturaleza y casi nada al estudio, proviniendo su indolencia de los esfuerzos ordinarios. "Madame de Longueville -dice- tiene, naturalmente, un gran caudal de ingenio, pero posee en mayor grado delicadeza y tacto. Su talento, que no ha sido incentivado por su indolencia, no es ejercitado sobre asuntos de negocios, etc." Y hablando de la languidez de sus modales: "Ella atesora una languidez de espíritu que resulta encantadora, dado que tenía, si así puede decirse, despertares luminosos y sorprendentes" Madame de Motteville coincide con el Cardenal de Ketz: "Esta princesa... era sumamente indolente" El gran mundo, que aplaude de ordinario con demasiada admiración las buenas cualidades de las personas de rango, había privado a Madame de Longueville de oportunidades para la lectura y para adiestrar su mente mediante el aprendizaje. Ella se encontraba muy lejos de todo esto y no se resentía por sus adquisiciones. Mientras que sus dos hermanos, el Príncipe de Condé y el Príncipe de Conti, habían estudiado asiduamente con los jesuitas de Bourges y París, Mademoiselle de Borbón había recibido, bajo la dirección de su madre, nada más que las sencillas instrucciones dadas en aquel tiempo a las mujeres. Su feliz disposición y el trato social con espíritus selectos que pululaban a su alrededor le suministraba todo lo necesario. Siendo incluso muy niña, ella había gozado de una gran reputación y me parece que siendo aún una niña hubo de hacer frente a todos aquellos elogios y dedicatorias. Tengo ahora ante mí una trágica comedia pastoral (¿titulada Urania?) que un tal Bribard le dedicó a ella en 1631; es decir, cuando tenía doce años. El tal Bridard dice: "Los cortesanos más ilustres saben que posee una mente muy adelantada a sus años. Yo mismo puedo dar testimonio de ello, después de haberla oído recitar versos con tanta gracia que podría llegar a pensar que me hallo ante un ángel que con toda su belleza hubiera descendido sobre la tierra para disertar sobre las maravillas del cielo. "



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