Una novela francesa (fragmento)Frédéric Beigbeder

Una novela francesa (fragmento)

"Fue durante aquellos viajes exóticos cuando me ocurrió algo crucial: a pesar de que apenas leía, empecé a escribir. Existen unos cuadernos en los que comencé a anotar todas nuestras actividades. Desafortunadamente, he perdido estas importantes pruebas del delito. ¿Adónde debe de haber ido a parar el cuaderno Clairefontaine, en el que escribí por primera vez?... Fue en Bali, en 1974, donde comenzó mi carrera de auto-biógrafo. Nuestro padre nos había llevado a pasar un mes a Indonesia, un viaje largo y bonito del que no me acordaría si no lo hubiera registrado todo escrupulosamente en una libreta. Es ahí donde adquirí esta ridícula costumbre: cada día contaba lo que había hecho durante la jornada, lo que comíamos, las playas, los espectáculos de danza folklórica con ropas tradicionales (dedos retorcidos, cabezas inclinadas, uñas largas, pies arqueados, cofias doradas y puntiagudas como los templos), los combates con mi hermano en la piscina, las amigas sucesivas de mi padre, Charles que no conseguía salir del agua con los esquís náuticos, y también el temblor de tierra que nos despertó una noche en el hotel Tandjung Sari, y la serpiente que Charles vio bajo el mar en Kuta Beach y que no era en realidad más que la sombra de su tubo de buceo. Mi padre decía que el mar estaba infestado de «serpientes minuto», llamadas así porque todo aquel que las pisaba moría al cabo de un minuto. ¡Y le sorprendía que nos negáramos a bañarnos en otro lugar que no fuera la piscina! Si nunca antes había sentido aquella necesidad, ¿cómo es que de pronto me pareció indispensable consignar mi vida en cuadernos con doble interlineado? Sin duda había comprendido que escribir permite recordar. Minuciosamente, me convertí en el escribano del campamento, el alquimista capaz de transmutar un mes de vacaciones en eternidad. Escribía para fijar los momentos efímeros. Por eso sólo escribía durante las vacaciones con mi padre. Al año siguiente, experimenté el mismo impulso durante nuestro viaje por América. Si lo he olvidado todo, acaso sea porque toda mi memoria residía en aquellas libretas infantiles extraviadas.
Y entonces llegó mi primer momento de gloria: salí en la televisión, en el programa de los hermanos Bogdanoff. En 1979, era un niño rubito con voz de chica que afirmaba en «Temps X», en directo en la primera cadena francesa, que «la ciencia ficción es la búsqueda prospectiva de lo posible». Los gemelos rusos ataviados con trajes espaciales frecuentaban los cócteles de mi padre, y me habían visto siempre absorbido por novelas de ópera espacial o devorando la revista mensual de cómic ciberpunk Métal Hurlant, así que me habían propuesto participar en su programa para hablar de mi cultura de freak postatómico. El estudio de TF1, en la rué Cognacq-Jay, tenía forma de platillo volante de amianto. El lunes siguiente, en la escuela Bossuet, degusté los celos de mis compañeros de clase, así como el respeto del padre Di Falco, el director de la escuela. Con una sola aparición en la tele me había convertido en el preferido del dire, quien me regaló un sencillo cuya letra había compuesto él mismo: «Dime, Papá Noel, ¿de verdad existes?»
Había entrado en la ciencia ficción gracias a Gallimard, que había lanzado una colección de libros para niños titulada «1.000 soles» en la que se reeditó a Ray Bradbury: Crónicas marcianas y Fahrenheit 451,así como El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde de Robert Louis Stevenson. ¡Aquello me cambió las «señales de pista»! También había los clásicos de H. G. Wells: La guerra de los mundos, El hombre invisible y La máquina del tiempo... Me subo a bordo con sólo pensarlo. Las cubiertas estaban diseñadas por Enki Bilal. A continuación, mi padre me aconsejó leer La noche de los tiempos de Barjavel, que me produjo un gran choque erótico. Elea, la rubia congelada descubierta en los hielos del Polo Sur, fue durante mucho tiempo mi ideal femenino; nada me excita más que intentar calentar a una rubia frígida. Devoré todo Barjavel: Día de fuego, El viajero imprudente (otra gran novela sobre el viaje en el tiempo, que ya era mi obsesión)... No leía más que ciencia ficción: acumulaba los títulos de la colección Présence du Futur, devoraba la saga de los robots de Asimov en J'ai lu, y sobre todo la de los «No-A» de A. E. Van Vogt (en la misma editorial), que mi hermano había explorado antes que yo. A Charles también le gustaba la ciencia ficción; coleccionaba cómics futuristas porque le fascinaban la astronomía, las galaxias y los planetas lejanos: Valérian, Yoko Tsuno, Blake y Mortimer... ¿A lo mejor también él quería escapar? Yo me identificaba mucho con los «No-A», los «no-aristotélicos», una novela de 1948 traducida por Boris Vian. El principio es simple: el protagonista, Gilbert Gosseyn, descubre que no vive en su pueblo, que no está casado con su mujer, que su memoria es artificial, que no es quien creía ser. Es una idea que se ha plagiado mucho desde entonces (recientemente en Matrix, Harry Potter y Las crónicas de Narnia). Se trata de una potente ilusión para un niño: creer que su vida no es la verdadera, que sus padres no son sus padres, que su hermano mayor es en realidad un extraterrestre, que sus profesores de verdad están en otra parte, que las apariencias engañan, que los sentidos no prueban nada. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com