A ellas les sienta bien el luto (fragmento)Joan Bonet Gelabert

A ellas les sienta bien el luto (fragmento)

"Estoy en paz, estoy tranquilo y creo que, por primera vez en mi vida -tendré que acostumbrarme a hablar como un muerto-, puedo decir que no me falta nada.
No sé a quién debo la iniciativa de este traje de San José que me han colocado. Es cómodo, pero yo no me veo muy presentable por decirlo de alguna manera. En estos momentos, con ganas de meterme las manos en los bolsillos y ponerme a silbar, ¿cómo hacerlo vestido de esta suerte?
El traje más bonito que he tenido fue uno de soldado de Aviación. Entonces, con aquel traje, me quiso una chacha, muy almidonada, que me hacía pasar a la cocina y me daba un huevo batido con jerez. Nunca me compró tabaco, aunque yo creía saber que las chachas compraban tabaco a los soldados de Aviación. Se lo dije un día y se enfadó. Me dijo que ella no era una viciosa de ésas. No la entendí.
La verdad es que he tardado mucho en entender a las mujeres. En esta casa, de la que acabo de salir con los pies por delante y como de medio ganchete, pues la escalera es muy estrecha, entré hace tres años con unos compañeros para colocarles a las señoritas un polibán.
El casero, con objeto de aumentarles el alquiler, había consentido hacer pequeñas mejoras. Las hermanas habían pedido un cuarto de baño. Tuvieron que conformarse con aquella muestra del polibán y la ducha. A mí me gustaba mi trabajo, en el que ya llevaba algún tiempo. Los albañiles ven crecer lo que hacen con sus manos, con su sudor, y el oficio no es, de verdad, complicado, ni tan siquiera fatigoso. Los días de lluvia e intemperie son más de los que la gente cree y uno goza de largas vacaciones. Uno se larga a la taberna y se deja de andamio. Así lo hacían muchos y así lo hacía yo.
Puede decirse que desde el polibán, ya no salí de aquella casa.
-¿Usted no tendría unas horas libres para arreglarnos la cocina? Hay una pared que se cae de humedad...
Y les arreglé la cocina, el lavadero después y más tarde blanqueé toda la casa. Durante una larga temporada -aquél fue un invierno duro, especialmente grato para mí- apenas si trabajé en otra casa que en las chapuzas de las hermanas, que también me cedieron a su cuñado, a Juan, casado con la cuarta hermana y con la casa llena de críos. Me pasé el invierno haciendo horas en alguna de las dos casas.
Entre otras cosas cambié el vicio de la cazalla por el del coñac, pues las hermanas tenían una botella para mí y me lo servía ella, la muchacha, con la que salía alguna que otra tarde al cine del barrio, que costaba poco y en el que se estaba muy caliente.
Yo tenía las manos ásperas, sin uñas apenas, casi no les daba tiempo a crecer. Casi no tenía tacto para lo suave y la piel de ella me pareció como irreal. Ella era la hermana más joven y la mimaban tanto como la exigían.
-¿Por qué te dejas controlar tanto?
Ella tenía un pequeño arranque de rebeldía, pero se quedaba en los comienzos. He sabido, cuando ya nada tiene remedio, que ella buscaba su comodidad, su tranquilidad, y que una palabra más alta que otra la descomponía, de un modo tonto, pero absoluto, por toda una jornada.
Me casé. También he sabido que me casaron o nos casaron. Y comenzó en la casa una guerra sorda. Me buscaron un nuevo trabajo. No era, esto es así, un oficio, era sencillamente una ocupación. Buscaron recomendaciones y me hicieron funcionario.
-Un funcionario es un señor -decían las cuñadas.
Iba a ganar poco dinero, pero como yo era espabilado y joven, "muy presentable" -decían las cuñadas-, quién sabe, a lo mejor llegaba lejos. Y tanto.
Las uñas volvieron a crecerme y hasta la piel de las manos se me puso blanca y menos rugosa. Aprendí a callar, a no ir a la taberna, a no decir lo que pensaba y a estar enfermo. Cuando estaba enfermo -siempre del estómago- ellas, cualquiera de ellas, llamaba por teléfono al jefe y yo me quedaba en cama.
-Por lo que te dan -decía la mayor-, lo mismo da que trabajes o que te quedes en cama.
Decía verdad. Aquello no era un trabajo. Yo no construía nada con mis manos, aunque -tal vez esto sólo sea una estúpida suposición mía- tampoco destruía otra cosa que no fuera mi salud.
No hubo hijos -yo creo, estoy convencido, y que Dios me perdone si no es verdad, que por decisión de las cuñadas- y las noches eran cada vez más largas. "



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