La novia vestida de negro (fragmento)Cornell Woolrich

La novia vestida de negro (fragmento)

"Luna, luna azul, tú me has visto solo, sin ensueños y sin amor. Luna, luna azul, y sólo tú sabías por qué estaba allí. Rodgers y Hart.
Fueron las últimas palabras que pronunciaron aquella noche. El fuego se había atenuado y su resplandor era de color granate oscuro, parecido al color del vino de Oporto. El resto de la habitación estaba sumido en una oscuridad azulada. Sólo se distinguían sus dos rostros: manchas blancas en medio de la oscuridad circundante. El cri-cri de un grillo desgarró por un instante el silencio aterciopelado que parecía envolver la casa y posarse sobre ella como un edredón de plumas.
Finalmente, Holmes se puso en pie, y sólo pudo verse el desplazamiento de la mancha blanquecina de su rostro: el resto de su cuerpo permaneció invisible en medio de la oscuridad. Salió de la habitación, y la joven oyó sus pasos en la escalera, hasta que hubo llegado al primer piso. Freddy Cameron se quedó sola con las brasas que se consumían y las armas apoyadas contra la pared.
Holmes cerró la puerta de su dormitorio, detrás de él, pero no encendió la luz. Hubiera sido difícil distinguirle en medio de aquella negrura de tinta. Unas líneas blancas aparecieron repentinamente, dibujando el perfil de la puerta junto a la cual permanecía el escritor, completamente inmóvil. Se oyó el ruido de una silla cambiada de lugar, un zapato que caía al suelo, luego el otro.
En el exterior de la casa, el grillo había reanudado su concierto. En el interior, silencio. En un momento determinado, próxima el alba, se produjo en la habitación una leve corriente de aire, que no procedía de la ventana, sino del lado de la puerta... En la planta baja crujió una tabla del piso. Tal vez porque el frío nocturno había contraído la madera. Tal vez a causa de un peso, del peso de un cuerpo.
Luego, no se oyó nada más. Al cabo de un rato, Holmes no notó ya la corriente de aire procedente de la puerta. Fuera, en un árbol, un mochuelo dejó oír su grito y las estrellas empezaron a palidecer.
Freddy Cameron manifestó una viva alegría a la hora del desayuno, quizá porque lo había preparado ella. Canturreaba en voz baja cuando Holmes bajó, sin afeitar, los ojos hundidos. Miss Kitchener estaba ya allí, impecable, tranquila. Parecía haber olvidado por completo sus temores de la noche anterior.
—Les ruego que me disculpen —dijo el escritor, pasándose una mano por las mejillas, para mostrar que no había tenido tiempo de afeitarse.
—Está usted en su casa —dijo Freddy Cameron, encogiéndose de hombros.
Miss Kitchener sonrió forzadamente, como si no admitiera que alguien pudiera dejar de afeitarse, cualesquiera que fueran las circunstancias.
En cuanto Holmes se hubo sentado, el perro policía se levantó y, acordándose del día anterior, se acercó al escritor. Éste pareció ignorar por completo la presencia del animal, y Freddy Cameron murmuró, con voz apenas audible:
—Hoy no hay prueba contra el veneno...
Cuando hubo terminado su ligero refrigerio, Holmes echó su silla hacia atrás y se puso en pie.
—Sam estará de regreso poco antes de mediodía —dijo—. Voy a trabajar un rato, y espero no ser molestado.
—Yo también voy a subir para empezar mi tarea —anunció miss Kitchener—. Espero que el ruido de mi máquina de escribir no le molestará.
—Yo lavaré los platos —gruñó Freddy Cameron.
Holmes volvió a cerrar la puerta del cuarto de estar detrás de él, colocó unas cuantas ramas en el hogar, encima de unos papeles de periódico, y les prendió fuego. Luego quitó el capuchón del dictáfono y se inclinó sobre la máquina, con expresión de sorpresa. Sam se encargaba, sin duda, de dejar el aparato a punto. Holmes notó que el sillón donde buscaba la inspiración no estaba colocado exactamente en la posición que debía ocupar. Lo empujó ligeramente, con una sonrisa, como si se mofara de su propia manía. "



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