España, 1808-2008 (fragmento)Raymond Carr

España, 1808-2008 (fragmento)

"Ahora bien, no toda Andalucía, ni tampoco toda Extremadura, era un vasto latifundio hereditario, poblado por mayorales y labradores sin bienes, entregados al cultivo de campos inmensos de trigo y cebada, alternando con barbechos, al monocultivo del olivo (como en Jaén) o a monte bajo y a pastos, como en las dehesas de las grandes ganaderías taurinas. La fama de Andalucía se debe precisamente a todo esto: para Bourgoing era un desierto. "El gran propietario de tierras vive en ellas igual que el león en la selva, el cual ahuyenta con sus rugidos a quienquiera que ose acercársele."
En la serranía (las comarcas montañosas) abundaban las zonas dedicadas a pastos pobres y las pequeñas propiedades. La bien regada y fértil vega de Granada era una zona de cultivo intensivo. Las tierras arcillosas del ruedo de Córdoba, asimismo muy fértiles, admitían el surco profundo, que tiene la virtud de resistir las sequías que asolaban esas llanuras resecas. Jerez era el centro de una compleja industria vinícola. No faltaban bolsas donde prosperaban comunidades que debían su estabilidad a la costumbre de repartir en proporción razonable las cosechas entre arrendador y arrendatario. En otras comarcas la cría de ganado vacuno y lanar predominaba sobre las restantes actividades económicas.
Pero lo que realmente justificaba la fama de Andalucía eran las grandes propiedades cultivadas con descuido. Los latifundios han perdurado desde la época romana; el descendiente del villicus romano, esto es, el capataz del amo ausente, seguía explotando al instrumentum vocale, al jornalero. Los encalados edificios del cortijo, con su portalón y su torre seguían presidiendo el amarillento paisaje. El cortijo era "una unidad de explotación, no un centro de población"; rodeado de una reducida área bien abonada y cultivada, que generalmente era dedicada a cebada y a garbanzos, el resto se repartía por lo general entre trigales, barbechos y rastrojos. Vivían en el cortijo un número reducido de empleados permanentes y llegado el tiempo de la recolección, el capataz reclutaba los jornaleros necesarios entre los emigrantes de otras provincias y en las ciudades cercanas. Amontonados en los graneros del cortijo y alimentados con una ración de sopa de ajo si conseguían el empleo, semidesfallecidos de hambre en sus moradas durante las estaciones muertas, que son corolario infalible del monocultivo extensivo, los braceros andaluces formaban una primitiva clase revolucionaria, única en Europa, perpetuamente oscilante entre la exaltación y la resignación a la miseria, característica del árabe fatalista. En una sociedad semejante, al igual que en la Italia meridional, los más animosos se dedicaban al bandolerismo o al contrabando, transformándose en héroes de epopeya de una comunidad deprimida. "



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