Espejo de sombras (fragmento)Felicidad Blanc

Espejo de sombras (fragmento)

"Era el vivir de espaldas a la tierra, entre aquellas cuatro paredes, pensando sólo en el dinero que falta, en los zapatos que se acaban y no se pueden acabar. Era aquello lo que les iba haciendo poco a poco desaparecer a ellos mismos, convirtiéndoles en dos bestias cansadas que tiraban de un carro, sintiendo a veces las fuerzas flaquear. Se acercó a él y dulcemente le besó en la frente. El entreabrió los ojos, luego los volvió a cerrar. El sol empezaba a decaer y sobre las montañas lejanas unas nubes empezaron a tomar un color violeta. Se quedó mirando a sus hijos, casi como si los viese por vez primera, con sus trajecitos humildes, con aquella disimulada pobreza que era peor que la pobreza misma. Sintió un momento las lágrimas asomar a sus ojos; las secó al ver la mirada de su hijo fija en ella.
—Mamá, ¿es muy tarde?—.
—Debe de ser, hijo; no sé. Yo también estaba dormida—.
Al ruido de sus voces despertaron los demás. Corrían las niñas persiguiéndose, escondiéndose detrás de los árboles. Desaparecían, volvían a aparecer. Luego, ya cansadas, se pusieron a coger flores.
—Las llevaremos a casa—decían—. Las arrancaban con saña, con furor.
—Mamá, mamá, vamos a llenar la casa de flores—.
Apenas las oía. Miraba lejos, allí donde la montaña empezaba a cubrirse de sombra. Y de pronto, sintió con el atardecer toda la tristeza del domingo que acaba, de la casa triste que espera. Recordó el pasillo, el pasillo con aquel olor de aceite rancio, las butacas con los muelles salidos y aquella alfombra en la que lentamente iba desapareciendo toda señal de dibujo. Mañana otra vez a empezar de nuevo, como si aquella breve parentela si no hubiera existido, a sentir como una herida clavada en la carne el dinero que no llega, los hijos que gritan, la muchacha torpe que no le entiende a uno. Y aquel hombre cansado que se acuesta muchas noches sin apenas hablar. Así siempre, un mes tras otro, un año y más años detrás. Ir a la muerte sin haber podido descansar, buscando en ella poco más que el silencio.
—Se nos va a hacer tarde—dijo él—. Hay que pensar en el tren—. Fue recogiendo lentamente las cosas, colgó después la bolsa en su brazo. Corrían los niños por la carretera abajo.
—Tened cuidado de no caeros—dijo el padre—. Ella se detuvo como si no pudiera ya andar más, y, de pronto, se sentó en el suelo sollozando.
—Sigue, sigue—le dijo a él—. Es que hoy tengo un día muy tonto. Ni yo misma sé lo que me pasa—.
Apenas podía hablar, ni siquiera detener las lágrimas, que corrían como un río que se desborda, inundándolo todo, anegando el corazón bajo sus aguas. Se bajó él hasta ella.
—Pero ¿qué te pasa, mujer? ¿Qué te pasa?—. La acariciaba con ternura, con una ternura creada por los años. Secaba las lágrimas con su pañuelo. —Te cansaste hoy mucho preparándolo todo; es eso lo que tienes. Anda, anda, no llores; te pueden ver los niños y se pondrían tristes—. Levantó la mirada. Vió un reflejo húmedo en los ojos de él.
—Tienes razón, tienes razón—dijo—. Y se quedó mirando a lo lejos a sus hijos. Algo parecía brotar de la ternura de él o de aquel grupo alegre que formaban sus hijos sonriendo, algo que le daba fuerzas para vivir de nuevo, aunque ella misma casi no se explicara el porqué, como mañana tampoco se explicaría el porqué de sus lágrimas, el porqué de su desfallecer. Se reunieron otra vez con los niños.
-¡Cuánto tardasteis!-.
-¡Es que corrimos mucho!—decía Pedrito, el mayor—.
Miguelito reclamaba los brazos de su madre. —Ven aquí, ven aquí, dejad a mamá. Mamá está cansada, no está bien hoy—. Por vez primera, él se sentía protector de ella, y esto le afirmaba, le sostenía, le hacía más fuerte de lo que nunca fue.
—Apóyate en mí—le dijo a ella—. Se apoyó sumisa, obediente, sintiendo el placer de tener alguien que la sostuviera, de poder descansar su cansancio en otro ser. —Yo también te ayudaré algún día—pensó—, y luego serán ellos, ellos los que nos sostendrán. Quizá sea esto la felicidad y no otra cosa—.
Subieron al tren. Con dificultad encontraron por fin dos asientos. Los niños se adormecían encima de ellos. Oían canciones, risas, un alboroto sordo que se confundía con el ruido del tren. En un vagón dos muchachos empezaron a cantar con voz un tanto destemplada. Del pasillo contestaron otras voces. Más lejos alguien tocaba un acordeón. La alegría era un poco forzada, como si se mezclara en ella todo el cansancio de la jornada que termina, de las cosas que acaban. Hasta ella llegaba el olor de las flores que las niñas apretaban con fuerza contra ellas. Mañana estarán mustias, pensó. Buscó la mirada de él. Al encontrarse, los dos se sonreían. "



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