Las tinieblas de tu memoria negra (fragmento)Donato Ndongo-Bidyogo

Las tinieblas de tu memoria negra (fragmento)

"Volvíais a casa con los últimos rayos de luz por la diminuta hilera que miles de pies descalzos y encallecidos habían ido arrebatando con paciencia al bosque, tu tío hablando a tus espaldas, cargando con dos monos grandes cuya sangre se derramaba aún sobre su torso desnudo, y tú sosteniendo sobre el hombro con exagerada precaución la escopeta vacía de tu padre (tu tío no podía obtener licencia, no había sido sometido por la ley de los blancos) y venía recordando que en aquellos tiempos los caimanes se volvieron locos, salieron de los arroyos, invadieron los caminos atacando a los hombres, a las mujeres, a los niños, y la premonición se cumplió: un destacamento de tropas extranjeras estaba ocupando ya la región, y de nada sirvieron las lanzas y las ballestas envenenadas con estrofanto porque ellos poseían armas, muchas armas como la que tú llevas en el hombro, y traían regalos para los jefes débiles, regalos que no servían para nada, clotes de colores, trozos de espejo, y los emborrachaban con esa bebida que quema la garganta, fíjate bien, y esos jefes débiles firmaban la paz sin haber luchado, hijo mío, por eso la ambición es muy mala, es la peor enfermedad que puede tener un hombre. Y la decadencia de vuestra estirpe había ido decantándose a medida que las armas de los blancos exterminaban a los caimanes. Y esas historias te embelesaban, y el único que intentaba salvaguardar la memoria colectiva de tu pueblo era el tío Abeso. Revivir la esencia de vuestra casta, hollar tu espíritu aún tierno con las huellas de la cultura truncada era su misión. No encontraba ventaja alguna en la amistad con los ocupantes blancos, prefería seguir conservando intacta la fuerza mágica, misteriosa y peligrosa que le había sido conferida por el pueblo como jefe, y ahí estaba el origen del majestuoso desdén que los desconocedores de la tradición de vuestro pueblo llamáis despecho. No entendías entonces muchas cosas, y algunas las escuchabas con un punto de escepticismo porque oías a tu padre que un negro no había sido aún capaz de inventar siquiera una aguja de coser. ¿Y qué podía esperarse de una civilización que no había sido capaz de inventar nada, que adoraba fetiches y que precisamente por eso había sido reducida por los portadores de la Única Verdad? Entonces tu tío te respondía contándote otro tipo de leyendas, cómo desde siempre la tortuga y el tigre habían luchado por controlar el reino de los animales, la una con la astucia y el otro con el terror y el desprecio hacia los demás. Eran cuentos morales, en los que la astucia y la paciencia vencían a la soberbia y a la brutalidad, la tortuga siempre terminaba engañando y ridiculizando al tigre. Estaba profetizándote que la infinita paciencia y la secular astucia de vuestra casta, de vuestra tribu, de vuestro pueblo triunfarían al final sobre la ostentación y la prepotencia de los ocupantes. Pero ya estabas incapacitado para interpretar las parábolas más cercanas, ofuscado por otras alegorías y deslumbrado por el poder que veías en los portadores de la Única Verdad. Eras demasiado engreído para valorar la sabiduría milenaria encerrada en unas leyendas, en unos cuentos, en las adivinanzas y en los mitos de apariencia tan simple, y demasiado niño para comprender que únicamente en esas palabras se justificaba tu propia existencia. "


El Poder de la Palabra
epdlp.com