Los siete pilares de la sabiduría (fragmento)T. E. Lawrence

Los siete pilares de la sabiduría (fragmento)

"El esfuerzo de estos años por vivir y vestir como los árabes, e imitar sus fundamentos mentales, me despojó de mi yo inglés, y me permitió observarme y observar a Occidente con otros ojos: todo me lo destruyeron. Y al mismo tiempo no pude meterme sinceramente en la piel de los árabes: todo era pura afectación. Fácilmente puede convertirse uno en infiel, pero difícilmente llega uno a convertirse a otra fe.
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Los árabes, que habitualmente viven amontonados, sospechan de alguna segunda intención en cualquier forma de privacidad. Recordar esto, y renunciar a la paz y la quietud egoístas mientras anduviera con ellos, fue una de las menos agradables lecciones de la guerra del desierto, y también de las más humillantes, pues forma parte del orgullo inglés recrearse en la soledad; nos encontramos interesantes a nosotros mismos, cuando no hay competencia a la vista.
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Por qué los occidentales están siempre deseando más y más?", preguntó provocativamente Auda. "Detrás de nuestras pocas estrellas nosotros podemos ver a Dios, que no está detrás de vuestros millones." "Queremos llegar al fin del mundo, Auda." "Pero eso es de Dios", se quejó Zaal, medio enojado. Mohammed no quería que se olvidara su tema. "¿Hay hombres en esos mundos más grandes?", preguntó. "Dios sabe." "¿Y tienen todos Profeta, y cielo e infierno?" Auda le cortó: "Amigos, conocemos nuestras comarcas, nuestros camellos y nuestras mujeres. El exceso y la gloria son para Dios. Si el colmo de la sabiduría es sumar estrella tras estrella, nuestra locura no tiene fin.
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El beduino del desierto, nacido y criado en él, había abrazado con toda su alma esta desnudez excesivamente áspera para los demás, por la razón, sentida aunque no expresada, de que allí se encontraba indudablemente libre. Despreció los vínculos materiales, las comodidades, todas la cosas supérfluas y demás complicaciones con el fin de alcanzar una libertad personal que rondaba la inanición y la muerte. No veía virtud alguna en la pobreza misma; disfrutaba de los pequeños vicios y lujos -café, agua fresca, mujeres- que aun podía conservar. En su vida tenía aire y viento, sol y luz, espacios abiertos y un enorme vacío. No había esfuerzo humano, no había fecundidad en la naturaleza; sólo el cielo en lo alto y la tierra inmaculada debajo. Allí, inconscientemente, llegaba hasta las proximidades de Dios. Dios no era para él antropomórfico, tangible, moral; no estaba relacionado con el mundo o con su persona; no era natural, sino el ser -auponatos, asinnatos, anafniés-, calificado así, no por desposeimiento, sino por investidura: un ser que todo lo abarcaba, la matriz de toda actividad. Naturaleza y materia no eran sino cristales que lo reflejaban. "



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