La tejedora de coronas (fragmento)Germán Espinosa

La tejedora de coronas (fragmento)

"Se me ocurría pensar que el tiempo fuese nada más un fantasma de mi imaginación, no menos que esas danzantes esfinges, esos centauros de erectos falos suspendidos en la claridad de la mañana lapona, como a juzgar por las memorias que escribió en Segovia, quemadas por su superior pero rescatadas para mí por la nunca bien ponderada bruja de San Antero, debió pensarlo fray Miguel Echarri la tarde de aquel quince de abril en que Bocachica había sido ya colocada entre dos fuegos, y él, de bruces sobre el escritorio de su despacho, a pesar de haber sido los edificios del Santo Oficio abandonados desde el día anterior por el resto de sus habitantes, oía a lo lejos el fragor de las bombardas sin poder establecer en su mente, presa de vértigo, cuánto tiempo había transcurrido entre el momento en que los Goltar irrumpieron con la noticia en la plaza de Armas y este presente borroso en que se agitaba ahora el universo, en que él llevaba ya cuarenta y ocho horas sin probar alimento dentro de aquellos muros, clavado en su sitio, incapaz de moverse, desmazalado el cuerpo, anonadado todavía por el fracaso de sus denuncias y las súbitas desgracias que Dios, esa divinidad abstracta, inaprehensible, enviaba sobre la ciudad y sobre él, el Dios de Abraham, el Dios de Cristo, el que castiga con el rayo a los violadores de su ley o el que es todo amor, ese personaje al cual jamás pudo concebir sino como una idea Pura, y en ello era inconsecuente, como lo reconocía en sus memorias, con su condición misma de canonista, y desde luego, en otro orden de consideraciones, con su investidura de teólogo, pues el concepto de idea pura era también demasiado humano, no importa que arcano, inalcanzable, le diese vueltas en la cabeza, en un asedio tan desesperante como el de la artillería enemiga, era tan humano como el buen Dios barbudo de las beatas, entonces le volvieron a la imaginación, por otra proeza de traslación en el tiempo, sus lejanos días del seminario, mas no en la forma de un recuerdo, de un desplazamiento vertebral hacia el pasado, sino como parte de un fluido eterno, como un fragmento de infinito, ajenos a toda idea discursiva, aquellos días de su juventud compresa en los paños y rasos negros de la pureza, en los cilicios impalpables de la castidad, cuando en el pórtico de la Catedral de Ferrara vio alguna vez, esculpida, la mano de Dios, cuando pensó que era, sin duda alguna, la verdadera mano de Dios, y se preguntó si a partir de esa mano, que lo conmovía mucho más que cualquier representación total del Creador, no sería posible reconstruirlo, encontrar su faz y sus ojos, dulces o crueles, su ceño de padre austero que no recordaría el del Dios androide de Buonarroti, el cual se le antojaba una oscura deidad ansiosa de ocultar su desdicha, su fracaso, sino, como lo sugería esa monitoria mano cuyos dedos índice y del corazón se alzaban en fatuaria advertencia, un Hacedor incapaz de angustias o preocupaciones de carácter ético, que no podía ser bueno ni malo, simplemente era, y ello comportaba para el hombre un irremisible estado de incomprensión por parte de su propio Creador, ya que el hombre, hiciese lo que hiciese, no podría ser entendido por Dios, y viceversa, de suerte que todos los destinos de la criatura, dictados sólo por su circunstancia efímera, por su capacidad para obrar bien o mal, por su infinita limitación, al Creador sólo podrían arrancarle, aunque pensarlo resultase otra inconsecuencia, una carcajada de desdén, como la de un padre que ha engendrado un hijo contrahecho y se burla de su torpeza, acción censurable dentro de la ética humana pero indiferente para una divinidad cuyo distintivo más evidente era la inhumanidad, y aseguraba Echarri haberse preguntado cómo contar, pues, con Dios, si desde una azarosa lejanía nos dirigía ese gesto de incomprensión, de impotencia, mezclado de risa, gesto que, interpretado por la mente estrecha de la criatura, se asemejaría más a la irresponsable locura que a la extrema crueldad o a la suprema sabiduría, así como haber ignorado si aquellas ideas le eran inspiradas por el hambre de dos días, por la desesperación momentánea, o procedían lenta o precipitadamente de sus días del seminario, días envenenados por la duda, en los cuales llegó a horrorizarlo la posibilidad de postular al demonio como un ser más humano, más próximo al hombre y, por tanto, con mayores opciones para capturarlo en sus redes y ganarlo o perderlo para siempre, impulso que prohijó acaso la idea del Verbo hecho carne, la venida al mundo de ese hermano menor de Satanás a quien llamaron Jesucristo, pero él, Cristo, quién dilucidaría si había llegado a comprender al hombre o si fracasó también en aquella insondable misión, entonces sintió lágrimas brotarle de sus fuentes casi resecas, de sus ojos amarillos y enfermos, cómo podía su mente albergar tanto resentimiento, si había consagrado su vida al servicio de Cristo, de Dios, del Creador de todas las cosas, a las cuales sacó de la Nada, a las cuales conservaba y podría destruir tan fácilmente como las hizo, de las cuales se encontraba separado por un abismo, porque era incomunicable en todos y cada uno de sus atributos, de allí la inutilidad de todo esfuerzo humano. "


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